Rusia y sus vecinos: antiguas actitudes, nuevas
capacidades
La vista
desde Moscú
La crisis en torno a Ucrania es parte de una
confrontación más amplia entre Rusia y Occidente, que ha persistido en diversos
grados de intensidad desde la caída de la Unión Soviética, a pesar de los
períodos en que Occidente en su conjunto se negó a reconocer que existió cualquier
conflicto de intereses estratégicos con Rusia. Después de un período en el que
esta confrontación permaneció relativamente inactiva, el conflicto en Ucrania
es el resultado de la culminación de dos tendencias importantes en la visión
rusa de sí misma y del mundo: primero, una percepción mayor y más urgente de
amenaza, ya sea real o imaginaria, a la propia seguridad de Rusia; y segundo,
un reconocimiento de que la propia Rusia ha recuperado la fuerza suficiente,
militar y de otro tipo, para afirmarse.
La noción de que Rusia se enfrenta a una amenaza
existencial, incluso cuando esa amenaza es imperceptible desde fuera de Rusia,
tiene orígenes múltiples y complejos. Algunos de estos son permanentes y
persistentes; por ejemplo, la idea de vulnerabilidad de las fronteras de Rusia,
que lleva a la convicción de que para proteger sus fronteras, Rusia debe
ejercer un control mucho más allá de ellas. En el siglo pasado, este fue uno de
los impulsores de los ultimátum soviéticos a los Estados bálticos y Finlandia,
lo que finalmente condujo a su invasión en 1939. Esta percepción continua
alimenta la descripción actual de Rusia de la ampliación de la OTAN, incluso a
esos mismos Estados bálticos, como una amenaza. Independientemente de la
intención de la OTAN, presenta una amenaza simplemente “acercándose a las
fronteras de Rusia”.
Otros desarrollos más recientes han aumentado el
sentido de urgencia para los planificadores de seguridad rusos. El temor de que
Occidente esté considerando provocar un cambio de régimen en Rusia no resiste
un escrutinio objetivo, pero parece profundamente arraigado entre un amplio
sector de la élite de seguridad rusa. Se ha acentuado en la última década por,
como lo ve Moscú, más intervenciones desenfrenadas e irresponsables por parte
de Occidente con la intención de cambiar el régimen, dejando caos y desorden a
su paso. La acción occidental en Libia y el apoyo a los rebeldes antigubernamentales
en Siria son excelentes ejemplos.
Por lo tanto, la perspectiva de una
desestabilización más cercana a casa en Ucrania habría sido una preocupación
aún más aguda y directa en Moscú. Incluso sin el desorden que la acompañaba, la
amenaza de la “pérdida” de Ucrania para Occidente planteó un problema militar
inmediato: parece haber sido considerado plausible en Moscú que esto presentaba
un peligro inmediato de perder la base de la Flota del Mar Negro en Sebastopol,
junto con la infraestructura de apoyo, a menudo pasada por alto, dispersa por
toda la península de Crimea, a manos de la OTAN. Según el secretario del
Consejo de Seguridad de Rusia, Nikolay Patrushev, las consecuencias podrían ser
incluso de mayor alcance: “Los estadounidenses están tratando de involucrar a
la Federación Rusa en un conflicto militar interestatal, para facilitar el
cambio de poder mediante el uso de los acontecimientos en Ucrania, y, en última
instancia, repartir nuestro país”. Ya sea que los líderes rusos sostengan esta
opinión sinceramente o no, es la que se presenta sistemáticamente al público
ruso y a sus Fuerzas Armadas como una explicación de las raíces del conflicto
actual.
El hecho de que Rusia pudo utilizar un gran número
de Fuerzas de Operaciones Especiales (FOE) de manera rápida y eficaz para tomar
el control de Crimea y, posteriormente, emprender una campaña continua de bajo
nivel en el este de Ucrania que implicaba la movilización a largo plazo de sus
fuerzas convencionales hasta la movilización general e invasión de Febrero de
2022, es un indicador del otro elemento clave del nuevo enfoque ruso de la
confrontación; el reconocimiento de que Rusia está ahora en condiciones de
ejercer una política exterior mucho más asertiva que en el pasado reciente.
Un elemento de esto es la costosa y sin precedentes
revisión y rearme de las Fuerzas Armadas de Rusia que comenzó después del
conflicto armado con Georgia en 2008 y continúa en la actualidad. El hecho de
que las tropas rusas que trabajan en Ucrania desde 2014 sean totalmente
irreconocibles de las fuerzas que entraron en Georgia apenas siete años antes
causó sorpresa y consternación entre las comunidades de defensa occidentales
que no habían estado prestando atención. Pero la campaña de Ucrania en general
es mucho más que una operación militar. La coordinación exitosa de los
movimientos y acciones militares con otras medidas en los dominios político,
económico y especialmente de la información, son el resultado de los arduos
esfuerzos de la administración Putin durante los años anteriores para
aprovechar otras palancas del poder estatal para actuar de manera coordinada.
Los resultados de esta coordinación han dejado a
Occidente desprevenido luchando por una respuesta y luchando incluso por
definir el fenómeno, como atestiguan los tortuosos intentos de la OTAN y los
gobiernos occidentales para decidir qué constituye precisamente una “guerra
híbrida”. Pero la noción de hibridez aplicada al concepto actual encuentra poca
comprensión en Moscú. En cambio, se puede decir que Rusia simplemente está
intentando implementar una gran estrategia en el sentido clásico. El intento de
Rusia de adoptar este enfoque de todo el gobierno para gestionar los conflictos
se materializa en el Centro de Control de la Defensa Nacional en el centro de Moscú,
donde se reúne una amplia gama de diferentes ministerios y agencias
gubernamentales, incluidos los responsables de la energía, la economía, la
ecología y más bajo la dirección del Estado Mayor.
La militarización intensiva, a la que a veces se
hace referencia directamente como movilización, ahora también está invadiendo
la sociedad rusa, alimentada por la interminable retórica de los líderes sobre
la guerra, la confrontación y la amenaza, y la cobertura militar generalizada
en la televisión. Según el ex embajador de Estonia en la Federación Rusa, Jüri
Luik, la narrativa rusa de la guerra está “instrumentalizando a la población y
poniéndola en pie de guerra mental”, no solo aprovechando la narrativa
tradicional rusa de victimización durante siglos, sino también engendrando un
sentimiento heroico de que ahora es el momento del riesgo. Además, el análisis
del pensamiento de seguridad ruso muestra no solo esta asimetría en la
percepción de amenazas, sino también una completa divergencia con Occidente en
términos de nociones de cómo y cuándo se debe usar el ejército para
contrarrestar esas amenazas.
Como ocurre con tanta frecuencia, no existe una
explicación única para un curso de acción dado por parte de Rusia, y la
intervención directa en Crimea y Ucrania también se ha analizado como una
respuesta a la amenaza que representa para los intereses comerciales rusos una
integración más estrecha con la Unión Europea (UE). El modelo de la UE de
mercados abiertos y transacciones basadas en reglas va directamente en contra
de la forma rusa de hacer negocios en el extranjero cercano, lo que refuerza la
creciente percepción rusa de la UE como un problema en lugar de una
oportunidad; pero pocos analistas habrían predicho que sería la perspectiva de
un Acuerdo de Asociación de la UE para Ucrania, en lugar de cualquier
participación con la OTAN, lo que eventualmente conduciría a la intervención
militar de Rusia.
La actitud ambivalente hacia Ucrania como nación
soberana con derecho a elegir su propia dirección de política exterior tiene
sus raíces en una visión completamente diferente del fin de la Unión Soviética.
Ese punto de vista sostiene que las antiguas repúblicas soviéticas, incluidas
Ucrania y los Estados bálticos, pertenecen de hecho a Rusia. Según el
presidente Putin, en 1991 “Rusia voluntariamente hizo voluntaria y
conscientemente concesiones absolutamente históricas al ceder su propio
territorio”. Esta visión persistente no se limita al presidente Putin. Según el
veterano erudito de Rusia Paul Goble: “La élite rusa está sinceramente
convencida de que la preservación de la influencia sobre las antiguas
repúblicas soviéticas que la rodean es el statu quo y un derecho natural otorgado
por la historia”, aunque para el resto del mundo entero tal enfoque sea
incomprensible y antinatural.
Lo que esto significa es que Moscú actúa como si la
Unión Soviética no se hubiera desmoronado, como si solo hubiera sido
reformateada, pero las relaciones entre soberano y vasallo se mantuvieron como
antes. Es evidente que, al menos en algunos sectores de la sociedad, estas
aspiraciones de Rusia de recuperar el dominio imperial sobre su entorno gozan
de un amplio apoyo. La ahora célebre Fiscal General de Crimea, Natalya
Poklonskaya, en una entrevista en el momento de la anexión declaró su ambición
de “comenzar de nuevo en un gran Estado, una gran potencia, un imperio, como
Rusia”.
Este enfoque de la herencia de dominación de Rusia
sobre su vecindario parece consistente a lo largo del tiempo. En 1953, una
evaluación de la historia reciente que había llevado a la dominación soviética
sobre Europa del Este concluyó que, en opinión de Rusia no era más que
reafirmar la autoridad rusa sobre territorios que habían reconocido durante
mucho tiempo el dominio zarista y que habían sido arrebatados a Rusia en el
momento de su debilidad revolucionaria después de la Primera Guerra Mundial.
El efecto de estas suposiciones de larga data es
una mentalidad que lleva a que los generales rusos hagan referencias casuales a
“nashi byvshiye strany” (nuestros antiguos países), declaraciones de que incluso
Finlandia y Polonia eran “partes de Rusia”, y que todas las potencias
principales tienen una zona sanitaria no amenazante (“sanitarnaya zona”) a su
alrededor. Los intentos de Rusia de mantener, o reafirmar, esta zona de
amortiguamiento son un importante contribuyente al enfrentamiento actual.
Desde 1991, Moscú ha empleado una amplia gama de
herramientas coercitivas en intentos, a menudo infructuosos, de mantener su
influencia y poder sobre sus vecinos occidentales. Desde mediados de la década
de 2000, Rusia se benefició de una repentina afluencia de ingresos gracias a
los precios más altos del petróleo y, en consecuencia, comenzó a revisar su
percepción de sus propias fortalezas. Desde las primeras etapas, esto se
reflejó en enormes aumentos presupuestarios para las Fuerzas Armadas y un
patrón intensificado de pruebas de palancas de influencia contra los vecinos
occidentales. Los incidentes de alto perfil durante esta etapa incluyeron
cortes de gas para Ucrania en 2006, la cruda ofensiva cibernética contra
Estonia en mayo de 2007 y, en última instancia, el uso de la fuerza militar
contra Georgia en 2008. En cada caso, los resultados validaron este enfoque
para Rusia. El conflicto de Georgia en particular demostró la validez del uso
de la fuerza armada como una herramienta de política exterior que produce
resultados rápidos y efectivos, con costos económicos y de reputación limitados
y temporales.
Fue en este contexto que una variedad de análisis
informados señalaron a Ucrania como el próximo objetivo para la acción asertiva
de Rusia. Un informe parlamentario del Reino Unido en 2009 señaló que: “Muchos
de nuestros testigos enfatizaron que Rusia representa una amenaza militar para
otros Estados ex soviéticos, particularmente a la luz de sus acciones en
Georgia... Algunos testigos argumentaron que Rusia representaba una amenaza
militar para Ucrania... un escenario era que Putin podría enviar fuerzas
militares para asegurar la base militar rusa en Sebastopol”.
¿Es esta
guerra cibernética?
Como se señalé anteriormente, las palancas de poder
que Rusia está ejerciendo en Ucrania son muy variadas. En este artículo procuro
analizar en detalle el aspecto específico del conflicto cibernético de la
crisis de Ucrania, pero incluso este concepto es impresionantemente amplio
gracias al enfoque ruso holístico e inclusivo de lo que constituye la guerra de
información, de la cual la cibernética es una parte integral.
Las opiniones están divididas sobre si lo que está
ocurriendo en Ucrania y sus alrededores puede o debe llamarse ciberguerra. Las
operaciones cibernéticas actuales no cumplen con una definición legal estricta
de un estado de guerra. Pero al mismo tiempo, según un análisis, las
operaciones en Ucrania sin duda constituyen una guerra cibernética. El
conflicto cumple con el estándar generalmente aceptado por las siguientes
razones: el componente de guerra cibernética es manifiesto, lo que significa
que los perpetradores hacen poco esfuerzo por ocultar sus identidades o sus
lealtades. Los dos países están en conflicto abierto, hostil y declarado entre
sí. Ambas partes han declarado objetivos militares y políticos. Como para
enfatizar el punto, se informa que los ataques cibernéticos intensivos han
cesado desde 2014 durante la observancia ocasional de los altos el fuego.
Otros elementos del conflicto cibernético también
confunden la definición. Las operaciones hasta la fecha representan una
evolución en las tácticas rusas en comparación con campañas anteriores. Tanto
los elementos cibernéticos como los tradicionales del conflicto están
presentes, pero ambos son menos evidentes y más difíciles de entender y
defenderse.
En parte, esto se debe al terreno cibernético muy
diferente de Ucrania. Las comparaciones con los esfuerzos cibernéticos
rudimentarios de Rusia en el momento del conflicto de Georgia en 2008 tienen un
valor limitado. A diferencia de Georgia, la naturaleza más interconectada de
Ucrania hace que sea imposible restringir el acceso a Internet en general,
excepto en el caso muy especial de la península de Crimea. Pero además, no hay
ninguna razón por la que Rusia deba intentarlo, especialmente dada la
naturaleza integrada del espacio de información ucraniano y ruso. Dado que
Rusia ya disfrutaba del dominio del ciberespacio ucraniano, incluidas las
empresas de telecomunicaciones, la infraestructura y las redes superpuestas,
había pocos incentivos para interrumpirlo. En resumen, Rusia no tenía necesidad
de atacar lo que ya poseía. Para dar un ejemplo simplista pero indicativo, se
necesita poco esfuerzo cibernético ofensivo para que Rusia acceda al tráfico de
correo electrónico ucraniano confidencial cuando tantos ucranianos, incluidos
los funcionarios del gobierno, utilizan los servicios de correo rusos y, por lo
tanto, brindan acceso automático a los servicios de seguridad e inteligencia
rusos.
Un aspecto distintivo de las operaciones de
información en la propia Ucrania, y uno con implicaciones importantes sobre
cómo se puede librar la guerra cibernética en el futuro, es la forma en que la
actividad rusa en el dominio cibernético facilita los objetivos más amplios de
la guerra de información. Esto se manifiesta no solo en la suplantación de
identidad directa de funcionarios ucranianos para su explotación, sino también
en usos específicos de malware en el conflicto. Un ejemplo particular es la
redirección de malware originalmente destinado a la ciberdelincuencia para
manipular las cifras de espectadores para promover videoclips prorrusos. Pero
potencialmente aún más importante para la naturaleza de las futuras operaciones
cibernéticas es la nueva interfaz entre las operaciones cibernéticas y
cinéticas. Cuando Rusia quiso aislar a Crimea de las noticias del mundo
exterior, no se requirieron hazañas cibernéticas sofisticadas. En cambio, los
destacamentos de las FOE simplemente se hicieron cargo del Simferopol IXP e
interrumpieron selectivamente las conexiones de cable al continente. En resumen,
las armas de información complejas y costosas son completamente innecesarias en
situaciones en las que el adversario puede obtener el control físico de la
infraestructura.
Las circunstancias de Crimea fueron únicas, y no
solo por la geografía distintiva de Internet de la península; pero los
planificadores rusos habrán notado este sorprendente éxito y buscarán dónde se
puede aplicar en otros lugares. Hay dos implicaciones importantes para la
planificación de futuras crisis con Rusia. En primer lugar, la planificación de
contingencias tanto civiles como militares debe incluir escenarios en los que
el acceso amistoso a Internet esté degradado o ausente; y segundo, la
infraestructura civil de Internet necesita al menos tanta defensa y protección
como otros activos estratégicos.
Reacciones y
respuestas
Las campañas de información, facilitadas por las
actividades cibernéticas, contribuyeron poderosamente a la capacidad de Rusia
para llevar a cabo operaciones contra Ucrania en las primeras etapas del conflicto
con poca oposición coordinada de Occidente. El hecho de que durante casi un año
la UE no haya podido referirse públicamente a la presencia de tropas rusas en
Ucrania denota una incapacidad más amplia para cuestionar la versión rusa de
los hechos sin la cual una respuesta significativa es difícil o imposible. La
cobertura mediática temprana del conflicto hizo aparente que algunos
interlocutores se habían tragado enteras algunas de las acciones más crudas de
la propaganda rusa.
A medida que la comprensión de la naturaleza de la
campaña de información rusa comenzó a filtrarse a través de los medios de
comunicación occidentales y los círculos de formulación de políticas, esto dio
paso a un peligroso optimismo sobre la efectividad de las medidas rusas y a una
suposición generalizada de que la desinformación rusa estaba fallando debido a
su falta de plausibilidad. Supuestamente, las mentiras rusas fueron ineficaces
porque eran tan obvias que no confundían a las personas mayores e inteligentes
de Occidente. Pero esto fue para subestimar los efectos de los mensajes en
capas, la sutileza filtrada y ocultada por fabricaciones más obvias, la
saturación continua y, en particular, el efecto pernicioso de la burbuja de
filtro en los hábitos de lectura en línea: la forma en que los resultados de
búsqueda personalizados impulsados por la publicidad, donde los modelos pueden
aislar efectivamente a los usuarios de Internet de información y puntos de
vista alternativos.
El éxito ruso se define de otras dos maneras:
aislar a la audiencia nacional de la información no aprobada para que las
acciones del Estado ruso sean permisibles; e influir en la toma de decisiones
extranjeras al proporcionar información contaminada, explotando el hecho de que
los representantes electos occidentales reciben y son sensibles a los mismos
flujos de información que sus votantes. Cuando la desinformación rusa entregada
de esta manera es parte del marco de las decisiones, esto constituye un éxito
para Moscú, porque existe un elemento clave del antiguo enfoque soviético y
ruso de control reflexivo.
De manera crucial, debe recordarse que las campañas
de desinformación rusas dirigidas a Occidente se llevan a cabo no solo en los
idiomas de la OTAN, sino también en árabe y ruso, dirigidas a las minorías en
toda Europa. Esto en sí mismo tiene importantes implicaciones para gestionar
futuras confrontaciones entre Rusia y otros Estados de primera línea, lo que
debe implicar encontrar un medio para responder a las operaciones de
información rusas cuando la iniciativa necesariamente recae en Rusia.
Por el momento, gran parte de la respuesta
occidental parece estar enfocada en encontrar una etiqueta para la forma de
guerra rusa recientemente demostrada. Una variedad de contendientes tempranos,
como la “guerra no lineal”, la “guerra ambigua” y otros, se han abandonado en
gran medida en favor de la “guerra híbrida”, un concepto originalmente diseñado
para describir la insurgencia en lugar de la guerra por parte de una potencia
regional aspirante, pero ahora se aplica a una situación totalmente nueva. Sin
embargo, muchos de los componentes que ahora se utilizan para definir la
hibridez no son nada nuevo en la práctica rusa. Un argumento sostiene que una
ronda previa de expansionismo por parte de Rusia en 1939-40 compartió
suficientes características con las operaciones actuales en Ucrania, incluida
la intimidación, la legitimación espuria y las campañas de información
respaldadas con la perspectiva de una invasión a gran escala, como para
llamarse también guerra híbrida. El aferramiento de Rusia a las actitudes y
enfoques de una época anterior también conlleva otros peligros: los mensajes
militares rusos, y en particular los nucleares, desconciertan a su audiencia
occidental porque el Occidente posnacionalista ha dejado atrás la mentalidad de
la Guerra Fría en que está rooteado. El resultado es una situación peligrosa en
la que se reciben los mensajes de Rusia, pero no se entienden.
Perspectiva
En el momento de escribir este artículo, la
situación en torno a Ucrania sigue siendo fluida e impredecible. Si bien Rusia
no muestra signos descartar un mayor control territorial de Ucrania, los
movimientos hacia la conciliación por parte de Occidente generan temores de
apaciguamiento y el peligro de que se repita la desastrosa resolución del
conflicto de Georgia siete años antes. Pero un logro innegable de Rusia es la
transformación del entorno de seguridad en Europa Central y Oriental. Ante un
desafío que ya no se puede negar, Europa ha superado su “inercia estratégica”.
La OTAN, en particular, se ha revitalizado: la agenda de la OTAN ha cambiado
radicalmente desde la contemplación de un papel futuro después de la retirada
de Afganistán, ahora que la Alianza tiene una clara motivación para volver a su
objetivo principal. Polonia y los Estados bálticos, catalogados durante mucho
tiempo como alborotadores irresponsables por advertir sobre las implicaciones
de una Rusia resurgente, ahora están completamente reivindicados a los ojos de
Bruselas y se benefician de la respuesta militar unilateral de la OTAN y de los
EE.UU. a la crisis. Actualmente, cada uno apoya a estos Estados de primera
línea con incrementos muy pequeños de fuerzas militares convencionales,
mientras considera cómo responder a la amenaza más amplia de una Rusia más
asertiva.
El conflicto de Ucrania tiene el potencial de
generar un efecto transformador específicamente dentro de la doctrina
cibernética. A diferencia de Rusia, el enfoque occidental aislado de la
cibernética generalmente se ha centrado en las respuestas técnicas a las
amenazas técnicas, ignorando en gran medida la interfaz con la guerra de
información en el sentido amplio. Este enfoque es completamente apto para
amenazas persistentes o de fondo, pero probablemente insuficiente para cuando
surja una crisis de seguridad nacional, ya que en ese momento no habrá tal cosa
como una confrontación “cibernética pura”. En otras palabras, Occidente puede
haber estado bien preparado para la guerra cibernética, pero los
acontecimientos en Ucrania muestran que también necesita estar preparado para la
guerra de la información cuando las operaciones cibernéticas se utilizan como
facilitador o vector de ataque.
En términos más generales, Rusia ha demostrado
claramente una capacidad mejorada para coordinar sus palancas de poder estatal
a fin de lograr objetivos estratégicos en contraste con el aparente déficit de
gran estrategia de Occidente.
La crisis en torno a Ucrania ha acercado a Europa
al reconocimiento de que sus valores e intereses son incompatibles con los de
Rusia, y que si Occidente desea apoyar a los vecinos de Rusia para afirmar su
soberanía y elegir su propio destino, la confrontación con Rusia es un
resultado inevitable. Esto también implica el reconocimiento de que 2014-21 no
es una aberración en las relaciones entre Rusia y Occidente; más bien, son los
25 años anteriores de relativa quietud los que fueron la excepción a la regla.
Las naciones europeas ahora se han visto impulsadas por los acontecimientos a
interesarse una vez más en su propia defensa. Pero mientras se concentran en contrarrestar
y prevenir el próximo acto de fuerza de Rusia, también deben estar preparados
para un período sostenido de tensión difícil y costosa. En el vecindario de
Rusia, la nueva normalidad es un regreso a las viejas costumbres.
Jonathan Benavides
*Publicado el viernes 25 de Noviembre de 2022 en el diario El Nacional
https://www.elnacional.com/opinion/rusia-y-sus-vecinos-antiguas-actitudes-nuevas-capacidades/

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