Comprendiendo
Ucrania: Dos civilizaciones y un Estado
En Ucrania conviven dos civilizaciones, la
occidental y la eslavo-cristiana ortodoxa definida de manera magistral por
Arnold Toynbee. Esta división civilizacional
ha marcado desde 1992, y de manera decisiva, la forma de afrontar el futuro político del país, sobre todo en materia de
política exterior, a pesar que las regiones de
Ucrania que pertenecen
a la civilización occidental (Zhytomyr, Vinnitsia, Jemelnitsky, Rivne y Volynia)
son clara minoría en el conjunto del país.
Este artículo pretende
tres objetivos. Primero,
establecer el origen de ambas civilizaciones
en Ucrania, su desarrollo y las razones de la carencia de una única
civilización en el país. Este análisis es imprescindible para poder
entender la política exterior ucraniana desde
la independencia en Diciembre de 1991. Segundo, explicar de qué manera esta
división del país en dos
civilizaciones ha influido en la política exterior de Ucrania desde 1992. Y tercero,
responder a las preguntas si la existencia de dos civilizaciones en el territorio ucraniano es un lastre o beneficioso para el país y si esta división
civilizacional continuará o se debilitará.
Este artículo está dividido fundamentalmente
en dos partes. Una primera de carácter histórico
y una segunda en la que se analiza a través del desarrollo político de Ucrania
desde su independencia a finales de
1991 cómo ha influido en el país la diferencia civilizacional y cómo se ha reducido, especialmente desde
el punto de vista político. A partir de los primeros años de la década de 1990 todos los partidos
políticos de Ucrania, exceptuando los radicales
de las regiones del este, han apoyado la soberanía, y en ningún caso ningún
máximo dirigente ucraniano, ni siquiera Kuchma o Yanúkovich, a pesar de su
simpatía hacia el Kremlin habían intentado entrar en alianzas de carácter asociativo o federal con Rusia.
Antes de abordar
los tres grandes
objetivos planteados, considero
necesario dar, de manera muy breve, algunas pinceladas
sobre lo que significa el término civilización, ya que es un referente
central de este artículo. Una civilización engloba
numerosos conceptos: de cultura, forma de vida, creencias, un sistema político, el
desarrollo económico o industrial, que están muy influenciados por la geografía, que a su vez condiciona a quienes viven en ese o esos territorios y sus caracteres. “Cada
civilización está sujeta a un ámbito y a unos límites”, explica Fernand Braudel,
que define civilización como “el conjunto
de caracteres que presenta la vida colectiva de un grupo o de una época”,
complementando con lo que expone Oswald Spengler que además tiene “…una
esperanza de vida limitada y un ciclo de vida predecible y determinístico”.
Entre los miembros
de una civilización, que puede agrupar a numerosos Estados
y pueblos, existe unos valores comunes y sensación
de pertenencia a ese gran contexto cultural e histórico que es una
civilización. Según Braudel, la religión es el rasgo predominante en el corazón de las civilizaciones “…y sobre
todo en el corazón de las no europeas. En la civilización europea
hay un movimiento hacia el racionalismo y un continuo alejamiento de la vida religiosa”. Christopher Dawson explica que
la religión es una característica definitoria básica de las civilizaciones y las grandes religiones
son los fundamentos sobre los que descansan las grandes civilizaciones”.
En el caso de Ucrania, como veremos más
adelante, la religión, la ortodoxia, fue el elemento
clave que llevó a una parte muy destacada de los primeros habitantes de la
futura Ucrania en el siglo XVII a
buscar protección o formar parte (según la interpretación que se realice de este hecho histórico) del
Imperio zarista para protegerse de la presión de la Polonia católica y los kanatos otomanos, y
actualmente es uno de los principales elementos identificadores de la
civilización occidental en Ucrania.
Atendiendo a los rasgos característicos que estos
autores explican sobre una civilización y comparándolos con la realidad actual
de Ucrania podemos afirmar que en Ucrania existen dos civilizaciones. A lo largo de ocho siglos, aproximadamente, la forma de pensar, el carácter, la influencia histórica y el
desarrollo político de la zona han ido moldeando a los habitantes de las regiones más occidentales de forma diferente
al del resto de Ucrania, dándoles incluso una religión
diferente, lo que es uno de los caracteres diferenciadores más importantes entre ambas civilizaciones. Sin embargo, para entender las razones de esta división
es necesario acudir a la historia.
Origen de la división civilizacional en Ucrania
Se sitúa en el siglo XII, durante la
desaparición del proto-Estado del Rus de Kiev surgido en el año 822 dC y la
posterior formación de otros Estados,
quince, a partir de los habitantes que poblaban las diferentes áreas de del Rus.
Entre ellos estaban Vladimir Suzdal, origen de Rusia, y Galitzia Volynia, origen de lo que hoy conocemos como el
Occidente de Ucrania. Ambos territorios se situaban en los extremos más
alejados del Rus de Kiev, por lo
que tras la desaparición de ese proto-Estado recibieron influencias diferentes,
lo que determinó la formación de sus etnias,
sistemas políticos y económicos. Mantuvieron en común la religión, el cristianismo ortodoxo, fe a la que se
había convertido el príncipe del Rus de Kiev
Vladimir el Grande en el año
988 dC.
La invasión por los mongoles de todo el antiguo
territorio del Rus de Kiev aumentó considerablemente
las diferencias entre las dos regiones orígenes de Rusia y de Ucrania. Los mongoles ejercieron fuertes influencias en
la política de Vladimir Suzdal, en la sociedad, la cultura y en las costumbres, ya que sus autoridades colaboraron
con los invasores porque oponerse
hubiera significado la destrucción total. En cambio, en Galitzia-Volynia la
invasión mongol no fue tan efectiva
porque encontraron gran resistencia y porque la lejanía geográfica impidió a los bárbaros presionar de la
misma manera que lo hicieron sobre el territorio de Vladimir Suzdal.
Estos hechos propiciaron que Galitzia y
Vladimir Suzdal tuvieran relaciones culturales, económicas y políticas
con vecinos muy diferentes. Galitzia
pasó de alguna manera a
mantener nexos con la civilización de
Europa del Este (occidental), que incluyó Bohemia, Hungría y Polonia e incluso con Austria, mientras que Vladimir Suzdal se integró en un
ambiente económico y político con las tribus mongolas y las de origen
finés-úgrico como vecinas. Desde el punto de vista político incorporaron la estructura imperial de los mongoles
mezclándola con las formas bizantinas y formaron parte de una nueva civilización que surgió en torno
al río Volga.
Estas orientaciones políticas, junto a las
características geográficas de cada área, fueron moldeando el pensamiento de los habitantes de cada zona, lo que según varios autores
influyó de manera decisiva en cada Estado. Vladimir Suzdal, situado en
los alrededores del actual Moscú,
tenía un suelo pobre y un clima extremo, hecho que obligó a sus habitantes a
reunirse en comunidades para trabajar
y obtener mayores beneficios. El historiador ucraniano Nicholas Czubatyj
explicaba en 1947 que las razones
étnicas influyeron en la
diferenciación del pueblo ruso del ucraniano desde sus orígenes porque fueron dos tipos antropológicos distintos. Por
otra parte el historiador canadiense Orest Subtelny sostuvo que estas diferencias de mentalidad, cultura y
organización socioeconómica entre los dos pueblos ayudaron a crear importantes
diferencias entre ambos.
Sin embargo, el hecho decisivo para que una
parte de los habitantes de Galitzia Volynia (el
origen del actual Occidente de Ucrania) comenzara a entrar de forma definitiva
en la civilización occidental y otra
parte en la eslavo-ortodoxa de Vladimir Suzdal (el origen de Rusia) fue la
invasión del territorio de Galitzia Volynia
por la Mancomunidad Polaco-Lituana en 1340. En un principio
ambos respetaron las
costumbres y cultura de Galitzia Volynia, hasta que en 1569 se firmó el Tratado de Lublin por el que Polonia pasó a
dominar todo el territorio. La presión polaca sobre los habitantes de Galitzia
Volynia aumentó considerablemente prohibiéndoles numerosas costumbres e incluso tratando de
impedirles practicar su religión. Ante este escenario, los nobles de Galitzia Volynia cedieron y
aceptaron, especialmente para mantener su estatus de privilegio y porque fue la única salida que encontraron ante la
total catolización a la que se enfrentaban,
de manera que se convirtieron al catolicismo y reconocieron la autoridad del Papa, aunque mantuvieron el rito ortodoxo. Esta fue la que pasó a conocerse como la Unión de Brest a partir de 1596.
Influencia del Imperio
zarista
Los campesinos de Galitzia Volynia rechazaron,
en cambio, el acuerdo porque implicó la dominación de la nobleza
polaca, que les impuso penosos
trabajos, altos impuestos
y presiones para que abrazasen el catolicismo. Ante este
escenario muchos (principalmente cosacos) huyeron de su territorio y se instalaron en el sur de Ucrania, donde fundaron
el Sich de Zaporizhia. El número de
habitantes de este lugar aumentó exponencialmente en pocos años, ganando una destacada importancia
política y militar, llegando incluso a atacar a Polonia y controlar Kiev y
otras zonas del centro de la actual
Ucrania. Fue el triunfo de los cosacos. Una rebelión en 1648 les llevó a fundar un Estado, el Hetmanato, y
a declarar su independencia respecto a Polonia, que sin embargo continuó
atacando este nuevo Estado, que ante la presión no tuvo otro recurso
que pedir protección al zarato de Rusia, que aceptó. Moscú y el Hetmanato
firmaron en 1654 el Tratado de Pereyaslav,
que supuso el inicio de su integración
en el Imperio Zarista.
La religión fue una de las principales razones
por las que Rusia aceptó la defensa del Hetmanato.
El Patriarca de la Iglesia ortodoxa, Nikon, influyó en el Zar para que aceptara
la propuesta del Hetmanato porque pensó que este movimiento implicaría la unión de los Estados
ortodoxos de Moldavia y Walachia y
por el temor ante el avance del catolicismo hacia el este, que
se había demostrado en la Unión de Brest
en 1596.
Durante la segunda mitad del siglo XVII,
Polonia y Rusia estuvieron en guerra por el control
del Hetmanato y de Galitzia Volynia, hasta que en 1686 firmaron un acuerdo por
el que Kiev y Zaporizhia pasaron a
dominio ruso y Galitzia Volynia quedaba bajo el poder de Polonia. Si las primeras diferencias entre las dos
civilizaciones existentes actualmente en Ucrania surgieron, como se ha explicado, con la desaparición del Rus de Kiev y el nacimiento de dos de sus regiones como
territorios dominantes, Vladimir Suzdal y Galitzia Volynia, esas diferencias comenzaron a confirmarse con
la separación de los habitantes de Galitzia Volynia en dos territorios: Polonia y el Imperio zarista.
Progresivamente los habitantes de cada uno empezaron a asimilar una nueva cultura, costumbres y forma de vida.
El Imperio zarista
comenzó a reducir
lentamente la autonomía
del Hetmanato y a integrarlo en sus estructuras sociales, políticas y económicas con cambios en la administración, la educación, en leyes y
con la llegada de numerosos emigrantes procedentes de otras zonas del Imperio. Al mismo tiempo, el Zar intentó
agotar a la población original del Hetmanato
enviándola a diferentes puntos del Imperio a construir canales, desaguar
pantanos para la edificación de San
Petersburgo o levantar fortificaciones en el mar Caspio, a los comerciantes se les exigió vender sus mercancías sólo en el Imperio, en 1721 el Zar trasladó la dirección del Hetmanato del
Ministerio de Asuntos Exteriores al Senado, se abolieron los permisos especiales que los habitantes del
Hetmanato tenían para viajar al extranjero. Esta política zarista logró debilitar el espíritu guerrero
y reivindicativo de los cosacos.
Sin embargo, se permitió el
mantenimiento de ciertas tradiciones a los habitantes originales del Hetmanato, como hablar el
ucraniano, mantener cierta autonomía en la administración local, y que los
gobiernos locales continuaran bajo personas nativas de la región.
Estas medidas obligaron
a muchos intelectuales del Hetmanato, que mantenían los orígenes
de la cultura más tradicional de Galitzia Volynia, a trasladarse a San
Petersburgo, siendo bien acogidos por
esa sociedad y llegando incluso a trabajar en altos cargos de la administración zarista. Esta política de integración
supuso que los habitantes del Hetmanato (Ucrania) interiorizasen su pertenencia al Imperio y arrinconasen sus razones para luchar por la independencia. El Hetmanato se convirtió en una provincia más del Imperio ruso.
Debido al éxito de este proceso de
integración, que se expandió durante los siglos XVIII, XIX y XX, se entiende porqué en los escenarios
revolucionarios de 1917 y de 1991 ni el Parlamento ucraniano ni la mayoría de los habitantes del país exigieron la
independencia en la primera fecha ni
alejarse radicalmente de Rusia en la segunda. Se identificaban con la sociedad
del Imperio zarista, su cultura,
tradiciones, practicaban la misma religión,
aunque había intelectuales y numerosos campesinos que
no olvidaban tradiciones originales del Hetmanato, que en períodos concretos de la historia, como por ejemplo
durante la primera mitad del siglo XIX,
florecían. Pero era una reivindicación de tipo cultural y que exigía ciertos
niveles de autonomía política,
aunque en ningún caso de independencia, incluso
a pesar de la intensificación de la política de integración del Imperio
zarista, que desde finales del siglo XIX
buscó la unificación cultural de todo el Imperio (no sólo de la
Administración), sobre todo tras el
“despertar de las naciones” en esa época, razón por la que especialmente los
zares Alejandro III y Nicolás
II temieron que las declaraciones de independencia alcanzaran también a las regiones de su Imperio.
Influencia de Austria
Los habitantes de Galitzia Volynia que
quedaron bajo el dominio de Polonia tuvieron un destino diferente al de quienes huyeron de esa región y fundaron el Hetmanato porque a finales del siglo XVIII Polonia
desapareció repartida entre el Imperio zarista y el austríaco. El Imperio de los Habsburgo, a diferencia
del zarista, no impuso un modelo
cultural para todas sus regiones porque ninguna nacionalidad era mayoría absoluta,
aunque el alemán era la lengua oficial.
Las únicas regiones
de la actual Ucrania que quedaron bajo el Imperio austríaco tras las particiones de Polonia fueron Galitzia, Bukovyna
y Transcarpatia. Las reformas
aplicadas desde mediados del siglo XVIII por la emperatriz María Teresa
y a finales de ese siglo por su hijo
José II las favorecieron considerablemente, especialmente por el trabajo de este último, que le prestó mucha atención
a Galitzia considerándola una especie de laboratorio para probar sus experimentos en la reestructuración de la sociedad.
Esas reformas incluyeron la abolición de los siervos,
que ganaron ciertos derechos y el Imperio respetó a la Iglesia griega católica
que se vio muy favorecida por las reformas
en educación que facilitaron
su expansión. Estas medidas supusieron que la región de Galitzia fuera
consciente de su pertenencia a una etnia y a una nacionalidad concreta, la ucraniana.
Estas características de los ucranianos que
fueron parte del Imperio austríaco se acrecentaron durante
el siglo XIX e incluso
durante la primera
mitad del XX. Las revoluciones de 1848, que afectaron de lleno al Imperio
de los Habsburgo al reclamar la independencia muchos de los pueblos que lo componían, aumentó entre los habitantes de Galitzia su sensación de pertenencia a
una comunidad diferente y para los intelectuales de esta región (una minoría) supusieron la oportunidad de definirse
formalmente como una nacionalidad diferente
y establecer sus propias instituciones nacionales. En estos acontecimientos
fue la primera vez en la historia moderna que los ucranianos tuvieron la oportunidad de presentarse como nación. Y sin embargo, podemos
apreciar que éste fue un fenómeno ocurrido solamente en el territorio
occidental de la actual Ucrania.
Este largo período
de bonanza nacional
de Galitzia finalizó
en la Primera Guerra Mundial,
ya que su territorio fue invadido por el Imperio zarista, y aunque durante un
período breve, fue suficiente para demostrar que su objetivo
era finalizar con todo atisbo de diferenciación entre esta región de
cultura ucraniana y el resto del territorio de Ucrania que desde hacía siglos pertenecía al Zar.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la URSS
invadió la región de Galitzia y la de Bukovina del norte. Era la primera
vez desde el siglo XVII que todos los territorios ucranianos estaban unidos bajo la misma entidad política. Este
hecho, unos años después del conflicto bélico, supuso que por primera vez en Ucrania existiera
tradiciones e ideas políticas
y económicas diferentes y que apareciera dentro de la entonces república
soviética una fractura
civilizacional. La anexión de Galitzia y de Bukovina del norte por Stalin y la
política soviética agresiva hacia
estos dos nuevos territorios produjo la aparición de un nacionalismo violento y el comienzo de la fusión
progresiva de Ucrania occidental en la oriental que sin embargo no se completó.
Los efectos de la política soviética sobre la
ideología y la conciencia nacional de las regiones
anexadas tras 1945 no dieron resultados. Éstas lograron mantener su cultura,
ideas políticas y económicas
heredadas de su pasado en el Imperio austríaco, parte de la civilización occidental, mientras que las
regiones de Ucrania que pertenecieron desde el siglo XVII al Imperio ruso y después a la URSS asimilaron la cultura y las formas de gobierno
de Moscú. Aunque la diferencia civilizacional existente
actualmente en Ucrania surgió en el siglo XVII, el verdadero momento de su confirmación es a partir de la década
de 1950, cuando las dos ucranias pasaron formalmente a formar parte del mismo territorio.
Ucrania proclama la independencia
Hasta ahora he argumentado las razones por las
que hay en Ucrania dos civilizaciones, la occidental
y la eslavo-cristiana ortodoxa, a la que también pertenece Rusia. Esta división
no significa que actualmente Rusia y
la parte de Ucrania que pertenece a la civilización eslavo-cristiana ortodoxa coincidan totalmente en tradiciones, aspectos culturales, identidades, sistemas políticos o económicos, ya que una civilización abarca
en la mayoría de los casos numerosos pueblos y
Estados que, además
de poseer numerosas similitudes, comprenden también diferencias.
Una de ellas afecta a la mayoría de la
población de la parte de Ucrania que pertenece a la civilización eslavo-cristiana ortodoxa, que no se identificó con
la nacionalidad rusa en 1991, aunque ello no implicó un deseo de independencia. Esta característica de esa población del centro, sur, norte y este de la actual Ucrania
no es novedosa. Durante el zarismo los habitantes de esas regiones de Ucrania eran leales al
Zar, mientras que en la época soviética la lealtad fue hacia la URSS, su Estado y al objetivo de alcanzar el comunismo
y en ningún caso a Rusia. Salvo
opiniones minoritarias, nunca se exigió la independencia de Ucrania, sino
autonomía, sobre todo en el aspecto cultural.
Esto se demuestra examinando la actitud de
Ucrania durante la Revolución de 1917, que sólo pidió la independencia en el último momento
y en la actitud de la intelligentsia ucraniana en la década de 1960, que luchó por el derecho a
utilizar su cultura, tener órganos autónomos de gobierno, pero no por la independencia.
Cuando la Unión Soviética desapareció lo hizo
también el Estado que unía a Ucrania
y a Rusia y que luchaba por alcanzar
el comunismo, nexo de unión importante de Ucrania a la URSS. En ese nuevo escenario a finales de 1991, ni las autoridades
ni la población ucraniana se
plantearon la unión a Rusia, porque Ucrania nunca se ha considerado parte de
Rusia, sino primero del Imperio
zarista y después de la Unión Soviética, Estados a los que también perteneció Rusia, al igual que Ucrania.
Esta herencia histórica
que han recogido la mayoría de las regiones de la actual Ucrania
se plasmó inmediatamente tras la desaparición de la Unión Soviética en la
celebración de un referéndum de
independencia en Diciembre de 1991 en el que ganó mayoritariamente el sí por dos razones. Por un lado porque los habitantes del país pensaban
que con esta medida mejoraría
su nivel de vida y escaparían del caos en el que se había convertido,
especialmente durante el último año,
la Unión Soviética, y por otro porque el Estado del que Ucrania había formado parte desapareció y en ningún caso
se contemplaba su unión a ningún otro, aunque
ese fuera Rusia porque su lealtad había sido hacia el Imperio y luego a la
URSS. Como afirmó Andrew Wilson en su libro se 2009 “The Ucranians, unexpected
nation”, “…la independencia de
Ucrania llegó más por accidente que por diseño, y principalmente como resultado
de unos hechos ocurridos en toda la región”.
El voto masivo a favor de la independencia de
la mayoría de los habitantes de Ucrania del este, del norte, centro, del sur y
de parte del oeste no puede interpretarse como un deseo de alejarse de Rusia, obviar su cultura,
tradiciones e integrarse totalmente en la civilización occidental, aunque quizá ésta pudo ser la creencia general en
Occidente durante los primeros meses
de 1992. De hecho, en las elecciones presidenciales de Diciembre de 1991 venció Leonid Kravchuk, que hasta hacía pocos
meses había sido dirigente destacado del Partido Comunista de la URSS y durante la campaña electoral
defendió la necesidad
de la independencia para escapar a los problemas de la URSS, con el
señuelo de que en solitario los uucranianos vivirían mejor. Kravchuk obtuvo el
61,6% de los votos, mientras que su principal
contrincante, Viacheslav Chornobyl, que propuso alejarse de todo lo que
implicara estar cerca de Rusia, sólo recogió el 23,3% de los votos.
El primer presidente de Ucrania tras su independencia, Leonid Kravchuk, basó su mandato en la construcción del Estado ucraniano frente a Rusia, tarea que implicó, por ejemplo, la formación de un ejército a partir de las unidades
del Ejército Rojo estacionado en Ucrania. En los primeros
seis meses se vio favorecido porque Rusia reconoció
la independencia de Kiev y el Kremlin
estaba centrado en las reformas
económicas para acercarse lo más posible a Occidente. Sin
embargo, este escenario cambió radicalmente desde Julio de 1992 cuando Yeltsin comenzó a cuestionar la propiedad
de Ucrania de una parte de la Flota del mar Negro, de las armas
nucleares y apoyaba las reivindicaciones de Crimea de unirse a Rusia. La presión del Kremlin hacia la soberanía de
Ucrania fomentó aún más la identificación de la mayoría
de los ucranianos con Ucrania.
El final del mandato de Kravchuk empeoró
considerablemente la situación en Ucrania porque la economía era un caos, la independencia no cumplía entre la población
las expectativas creadas a
finales de 1991 y la presión de Rusia sobre Kiev era brutal para sacar ventaja en la negociación sobre la Flota
del mar Negro, las armas nucleares y de la división de los bienes de la URSS.
Estos problemas llevaron a Kravchuk a apoyarse cada vez más en los nacionalistas aprobando medidas contra
aspectos de la cultura rusa (el idioma por ejemplo) en Ucrania, que forman
parte de la cultura ucraniana, y a poner en marcha una política exterior anti rusa en la que Kiev se ofrecía como cordón sanitario para aislar a Rusia de
Europa.
La desastrosa situación interna de Ucrania
obligó a Kravchuk a convocar elecciones presidenciales
adelantadas. Durante la campaña electoral
defendió ideas clásicas
del nacionalismo ucraniano frente a su rival, Leonid
Kuchma, que abogó por la soberanía, mantener buenas relaciones con Rusia al mismo tiempo que con Europa, convertir a
Ucrania en el nexo entre ambas
entidades y respetar los aspectos propios de la cultura rusa presentes en
Ucrania. La victoria de Kuchma fue
aplastante. A partir de aquí y hasta la primera mitad de la década de los 2000,
en Ucrania se impuso una mayoritaria
línea política basada en la necesidad de mantener la independencia al mismo tiempo que tener buenas relaciones con Rusia. Toda política que tienda a los extremismos de intentar aislar a Rusia o
de integrarse en ella fracasan y cada
vez tienen menos apoyos. Es una
consecuencia del pasado ruso-ucraniano. Durante su segundo mandato, Kuchma sostuvo
la misma política,
aunque graves escándalos de corrupción y el empeoramiento de la economía le llevó a apoyarse más en Moscú, aunque sin
dejar de defender en ningún caso la soberanía de su
país.
El triunfo de la Revolución Naranja, encabezada por Víctor Yúshenko
y Yuliya Timoshenko, en Enero de 2005 no significó
una repetición del mandato de Kravchuk ni un
alejamiento de la política que busca un equilibrio entre Rusia y Europa.
Ésta se mantuvo en líneas generales,
cambiando en ciertos aspectos como la mayor disposición acercarse a la Unión
Europea y a tener una mayor colaboración con los Estados
Unidos. Yúshenko obtuvo una
holgada victoria a finales de 2005 por sus promesas de regeneración política y
de lucha contra la corrupción, pero
en ningún caso apostó por alejarse de Rusia, como lo hizo Kravchuk en 1994, ya que esa política
le hubiera llevado
a la derrota.
El posterior triunfo de Víctor Yanúkovich, un
político de las regiones más al este de Ucrania,
no supuso tampoco poner en peligro la independencia del país, ni se planteó la posibilidad de algún tipo de unión a
Rusia. Su mandato como primer ministro y luego como presidente sirvió para anclar aún más a Ucrania a su soberanía. Fue la insurgencia política
de Petró Poroshenko, hasta su ascenso al poder tras el golpe de Estado a
principios de 2014, que Ucrania asumió una política de confrontación total con
Rusia, así como medidas de represión en contra de las minorías (mayoritarias)
rusoparlantes en el oriente, sur y la península de Crimea; además de tomar como
bandera el discurso pro OTAN y UE de los extremistas nacionalistas.
Este repaso brevísimo a las políticas
de cada máximo dirigente de Ucrania demuestra que, salvo las excepciones del
mandato de Kravchuk y de los años de mandato de Poroshenko y Zelensky, la
política exterior de Ucrania había mantenido una línea de continuidad basada en la soberanía, buenas relaciones con Rusia, aunque sin entrar en acuerdos de tipo asociativo o federativo
entre ambos Estados, y tener relaciones fluidas con Estados Unidos y muy especialmente con la Unión Europea. Esto se debe a que la identificación histórica de Ucrania ha
sido con la URSS y antes con el Imperio zarista.
A pesar de la defensa de la soberanía de Ucrania por casi todos los líderes del país, esto
no
significa que la división civilizacional no exista. La comprobamos claramente en las políticas de partidos nacionalistas, que tienen su semillero de
votos en las regiones más al oeste de
Ucrania y mantienen la necesidad de tener las mínimas relaciones posibles con
Rusia y de terminar con cualquier vestigio
de la cultura rusa en Ucrania, demanda
que no se entiende porque esa cultura rusa en Ucrania es parte de la
herencia de este país y de su identidad.
La división civilizacional también se detecta
en las políticas exteriores de los diferentes
líderes que Ucrania ha tenido. Mientras que todos han defendido a
ultranza la soberanía del país,
algunos como Kuchma o Yanúkovich no eran partidarios de entrar en la Unión
Europea y/o la OTAN, objetivo que Yulia Timoshenko y Víctor Yushenko
sí catalogaban de necesario. Igualmente, los gobiernos
de esos dos políticos parecían
al menos más comprometidos
a poner en marcha medidas drásticas para luchar contra la corrupción y evitar el clientelismo
político.
Esto confirma los argumentos de que dentro de
cualquier civilización existen diferencias, como
las reinantes en la eslavo-cristiana ortodoxa que distinguen a Rusia y a
Ucrania, y no sólo en el aspecto
cultural, sino también a nivel político y económico. Quizás el mandato de
Kravchuk, por la radicalidad en la
que entró debido al escenario planteado por Rusia, no debe ser tenido muy en cuenta para enjuiciar estos
argumentos, pero con Kuchma y después con Yanukovich (por no entrar en detalles
de los controvertidos gobiernos de Poroshenko y Zelensky) la soberanía
de Ucrania había estado
siempre defendida.
¿Continuará Ucrania siendo un Estado con dos civilizaciones?
El discurso que he sostenido durante este
artículo conduce a plantear las preguntas: ¿tenderá esta fractura civilizacional a disminuir, o irá en aumento? y,
¿es beneficioso para Ucrania la existencia
de dos civilizaciones en su Estado?. A la primera es complicado responder de manera categórica, aunque existen argumentos que inducen a concluir que esa fractura
civilizacional podrá disminuir, pero no desaparecer: Primero, la
soberanía de Ucrania nunca ha estado
en discusión, sobre todo desde que el Gobierno
liderado por Yanúkovich
demostró que no ponía en juego la independencia del país ni había
vendido a Rusia empresas estratégicas,
que era el temor generalizado en gran parte de la población de Ucrania y en Occidente si alcanzaba el poder un
Gobierno con un líder del este de Ucrania. Este escenario ya había ocurrido con Kuchma y luego se reafirmaba con Yanúkovich.
Segundo, con el paso de generaciones el nacionalismo extremista tradicional de las regiones más occidentales de Ucrania pierde
progresivamente fuerza porque sus principales
reivindicaciones (independencia, no entrar en asociaciones políticas con
Rusia, el ucraniano como lengua
oficial) se han cumplido. Partidos políticos que defienden que la política
exterior de Ucrania debe intentar aislar a Rusia de Europa y mantener con Moscú
el menor número posible de relaciones
han fracasado en todas las convocatorias electorales celebradas desde 1991 hasta hoy, a pesar que desde 2014 el
gobierno de Petró Poroshenko anuló los derechos políticos y de representación
de los habitantes del Donbas no permitiendo ni el derecho al voto, ni la
presentación de candidatos de dichas regiones. Estos partidos radicales
obtienen cada vez menos apoyos en elecciones y los ciudadanos de las regiones occidentales de Ucrania han
comprobado que partidos centristas como pueden representar sus intereses. Bajo
esta premisa fue electo Zelensky por contundente mayoría frente a las
pretensiones de reelección de Poroshenko, con la esperanza que el ex actor
detuviera el clima de conflicto en escalada contra las minorías rusoparlantes y
contra Rusia que el entonces presidente mantenía desde 2014.
Al mismo tiempo, los ciudadanos ucranianos de
las regiones del este de Ucrania que en determinados momentos,
sobre todo durante
la gravísima crisis económica que afectó a Ucrania en 1993 y 1994, habrían aceptado
algún tipo de unión política a Rusia, estarían dispuestos a continuar siendo
parte del territorio ucraniano si se respetaban sus derechos de autonomía
política y administrativa, así como a su lengua materna, tal y como lo había
establecido la Constitución de 1996 y que recientemente les fueron derogados.
Y tercero, Ucrania tiende cada vez más, aunque
lentamente, hacia Europa, y no sólo políticamente,
sino también culturalmente, proceso además acelerado por los efectos de la globalización, aunque la diferencia
religiosa continuará siendo sin duda uno de los principales aspectos de la fractura civilizacional de Ucrania, junto a
tradiciones y costumbres.
La otra pregunta
planteada, ¿supone un lastre o es beneficiosa para Ucrania esta diferencia
civilizacional?, requiere una respuesta en ambos sentidos. Será positivo
porque, primero, habrá una mayor
presión desde las regiones más occidentales para que el Gobierno tome medidas que progresivamente faciliten
la integración de Ucrania en las
estructuras políticas y económicas de
Occidente. Un ejemplo de ello lo encontramos durante los últimos meses de 2006 en la presión ejercida sobre
el Gobierno de Yanúkovich para que aprobara cambios
en algunas leyes ucranianas que facilitaran el ingreso del país en la
Organización Mundial del Comercio.
Y segundo, las regiones más occidentales de Ucrania han desempeñado un papel fundamental en la necesidad de la
independencia. Intelectuales de estas regiones del país nunca obviaron durante la época soviética su deseo de ser
independientes y mantuvieron la esencia
de esta reivindicación histórica,
mientras que los intelectuales de otras zonas de Ucrania eran más partidarios de autonomía cultural. Tras la
desaparición de la URSS, el presidente
Kravchuk se apoyó en el programa de los partidos de Ucrania occidental para reivindicar la soberanía del país frente a la presión de Rusia.
Sin embargo, esta división de civilizaciones en Ucrania ha tenido consecuencias negativas para el país por el alto grado de enfrentamiento
continuo que existe en la sociedad. El
mejor ejemplo de ello son los resultados electorales, que siempre muestran una
escisión entre las regiones más al
este y al oeste hacia un candidato u otro según defienda una política exterior más favorable a integrarse
plenamente en Occidente o a garantizar ciertas tradiciones más cercanas a Rusia y según sea el origen del candidato. En los comicios
presidenciales de 2004, Yanúkovich obtuvo el 44% de los votos, frente al 52% de Yushenko,
a pesar del escándalo de corrupción electoral que se descubrió, y en la elecciones parlamentarias de Marzo de 2006 se repitió un resultado parecido aunque
favorable a Yanúkovich, o la masiva y aplastante votación obtenida por este
último en todo el oriente y sur de Ucrania (incluida Crimea) en su triunfo
electoral en las elecciones presidenciales de 2010, que volvió a demostrar la gran división existente en el
país. Este enfrentamiento continuo en la sociedad resta fuerzas y no facilita
una transición hacia la democracia plena de manera rápida y eficaz
y sólo supone retrasar la
pretendida integración de Ucrania en Occidente
por parte de los nacionalistas.
Esta diferencia civilizacional ha sido más
beneficiosa que perjudicial para Ucrania porque el punto de vista político de las regiones
más occidentales ha supuesto para el país un empujón
definitivo en la consolidación de su soberanía. Sin embargo, la fractura
civilizacional continúa y la sociedad ucraniana, y en especial su Gobierno,
deberían trabajar para intentar
disminuir el grado
de diferenciación existente
actualmente, especialmente de cara a un escenario de grave crisis en
el que aspectos como la religión diferente y el bagaje histórico agravarían
aún más la situación, tal y como viene ocurriendo con el conflicto armado
contra Rusia y que pudiera terminar cumpliendo la predicción de Samuel
Huntington en “El Choque de Civilizaciones” donde vislumbraba el
desmembramiento de Ucrania.
Conclusiones
El hecho que una parte destacada de Ucrania
pertenezca a la civilización eslavo-cristiano ortodoxa no significa que tenga los mismos valores
culturales, económicos, políticos y de identidad que Rusia, ya que dentro de cualquier civilización encontramos
siempre diferencias entre sus miembros. En el caso de Rusia y de Ucrania, la principal diferencia civilizacional la detectamos en la identidad
política de ambas entidades. Mientras
que Rusia pretende
recuperar su hegemonía
como gran potencia
(no busca el retorno al Imperialismo) los habitantes
de Ucrania siempre se han decantado tras la independencia muy mayoritariamente por una identidad política que reconoce el
hecho geográfico de Ucrania, defiende la soberanía de su país y busca mantener una relación cercana
y preferencial con sus vecinos,
especialmente con Moscú.
Esta identidad política ucraniana ha sido
fruto de la evolución histórica del país, de la desaparición de la Unión Soviética y de la unión de las regiones
más occidentales de Ucrania al resto
de los territorios de esta república tras la Segunda Guerra Mundial. La
disolución de la URSS dejó sin referente político (la consecución del
comunismo) a la mayoría de dirigentes, intelectuales y habitantes de Ucrania. Ante esta situación
y con la presión de los intelectuales y políticos de Ucrania del oeste,
convirtieron sus clásicas reclamaciones a la autonomía política durante la etapa soviética en un apoyo masivo a la
independencia, aunque en esta decisión
también influyó la posibilidad de tener un futuro económico más halagüeño en solitario.
Tras varios años de la proclamación de
independencia de Ucrania, hoy la defensa de su
soberanía se ha convertido en un pilar básico de su política exterior
que ningún dirigente pone en duda. De hecho, los partidos radicales, tanto los que exigen mayor distanciamiento de Rusia (de la civilización eslavo-cristiano
ortodoxa) como acercarse a Moscú, han perdido muchísimos apoyos y se han convertido en minoritarios. Los últimos dirigentes
de Ucrania (Kuchma, Yúshenko,
Timoshenko y Yanúkovich) no dudaban sobre la conveniencia de la soberanía de Ucrania ni sobre la necesidad de mantener
relaciones fluidas con su vecino. Esta línea común detrás de la soberanía ucraniana mayoritariamente apoyada por
todas las regiones de Ucrania, había
rebajado considerablemente la fractura civilizacional del país, aunque no ha
desaparecido porque continúan
las diferencias de cultura, tradiciones y religión entre la Ucrania
que pertenece a la civilización eslavo-cristiano ortodoxa y la que está dentro
de la occidental.
La existencia de dos civilizaciones en Ucrania, a pesar de la unidad global en el país detrás de la defensa de su soberanía, continuará. Han sido siglos de historia separada bajo ámbitos de influencias muy alejados que dificultan altamente la desaparición de la diferencia civilizacional, si es que ocurre, aunque si las condiciones económicas y sociales de Ucrania mejoran esas diferencias serán cada vez más débiles.
Jonathan Benavides
* Publicado el miércoles 08 de Febrero de 2023 en el portal web “Opinión y Noticias”

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