El papel de la religión y los valores en las políticas
rusas: El caso de la guerra híbrida
Tras la anexión de Crimea en Marzo de 2014, la idea
de la “guerra híbrida” ganó rápidamente importancia como concepto que podría
ayudar a explicar el éxito de las operaciones militares rusas en este
conflicto. Este concepto ganó fuerza rápidamente, porque parecía ser
particularmente relevante para esta operación en la que las herramientas no
militares desempeñaron un papel central.
Tal como se usa hoy en día en referencia a Rusia,
la "guerra híbrida" se refiere al uso por parte de Moscú de una
amplia gama de instrumentos subversivos, muchos de los cuales no son militares,
para promover los intereses nacionales rusos. Las estrategias híbridas rusas no
son nuevas, pero se actualizan para el siglo XXI. Los rusos han sido capaces de
combinar varias formas militares de guerra con instrumentos de poder
económicos, de información y diplomáticos en una amenaza esencialmente híbrida
con un enfoque de todo el gobierno.
La guerra híbrida rusa, economiza el uso de la
fuerza, es persistente y está centrada en la población: los expertos militares
y políticos rusos han aprovechado la importancia de un enfoque que busca
influir en la población de los países objetivo a través de operaciones de
información, grupos de poder y otras operaciones de influencia.
Además, la guerra híbrida que Rusia ha estado
librando contra Europa y Occidente, especialmente desde el comienzo de la
crisis de Ucrania, es una lucha por los corazones, las mentes y las almas de
las personas. Rusia no solo está tratando de socavar la confianza en Europa y
sus instituciones entre los ciudadanos europeos, sino que también pretende
ofrecer una alternativa ideológica y moral. Este artículo tiene como objetivo
proporcionar un análisis introductorio sobre la dimensión moral de la guerra
híbrida rusa contra Occidente, que es la exportación de “valores no liberales”
al extranjero.
Análisis
El nacionalismo ruso comenzó a surgir junto con la
expansión de la influencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa (IOR). Rusia hoy todavía
está en el proceso de dejar el vacío ideológico que resultó del colapso de la
Unión Soviética. Lo que está surgiendo en su lugar es un rompecabezas selectivo
del pasado que mezcla la imaginería ortodoxa con el triunfalismo soviético,
combinado con un nacionalismo cada vez más introspectivo.
El público ruso ha adoptado una ideología cada vez
más conservadora y nacionalista. La nueva ideología se basa en un reciclaje
deliberado de formas arcaicas de conciencia de masas, un fenómeno que puede
denominarse “la santificación de la falta de libertad”. La libertad de
expresión se ha reducido significativamente a través de un sistema de
prohibiciones y formas estrictas de castigo, incluido el enjuiciamiento penal,
que tienen componentes tanto didácticos como disuasorios. La presión sobre los
medios de comunicación democráticos también ha aumentado drásticamente. La
ideología en Rusia es un producto de masas fácil de absorber; está legitimado
por referencias constantes al pasado, tradiciones gloriosas y, ocasionalmente,
eventos históricos ficticios.
Cuando el presidente Vladimir Putin llegó al poder,
se dio cuenta del potencial de la IOR, que compartía sus puntos de vista sobre
el papel de Rusia en el mundo, y comenzó a trabajar para fortalecer su rol en
Rusia, hogar de la comunidad ortodoxa más grande del mundo (oficialmente
numerada en unos 100 millones de creyentes). El patriarca de Moscú, Kirill, y
el presidente ruso Vladimir Putin, han cimentado en los últimos años una
alianza para la búsqueda de valores comunes en el país y en el extranjero.
Estos valores compartidos pueden caracterizarse como abiertamente
tradicionalistas, conservadores, antioccidentales y antiglobalistas.
El presidente Vladimir Putin y la IOR comparten una
visión sacralizada de la identidad nacional rusa y el excepcionalismo. Según su
visión, Rusia no es ni occidental ni asiática, sino una sociedad única que
representa un conjunto único de valores que se cree que están inspirados por la
divinidad. El principal ideólogo del Kremlin en este sentido es Alexander
Dugin. La ideología de Dugin es antioccidental, antiliberal, totalitaria, “ideocrática”
y socialmente tradicional. Y etiqueta al racionalismo como occidental y, por lo
tanto, promueve una cosmovisión mística, espiritual, emocional y mesiánica.
Los elementos esenciales de esta ideología son:
patriotismo integrador (orgullo de la diversidad de Rusia, su historia y su
lugar en el mundo; democracia soberana (define su propia democracia y se protege
de los valores externos); y cristianismo ortodoxo (une al pueblo eslavo
oriental en torno a la ortodoxia valores y normas culturales cristianas).
Dentro de Rusia, la IOR coopera con las estructuras
estatales, y dentro de la Iglesia Ortodoxa Universal, la IOR tiene una política
bien pensada que coincide en muchos aspectos con los objetivos del Ministerio
de Relaciones Exteriores de Rusia.
Además, Moscú ve a la IOR como un canal diplomático
de reserva. En 2007, el Kremlin estableció la Fundación Russkiy Mir (Mundo
Ruso), y se embarcó en una campaña concertada de poder blando para promover el
idioma y la cultura rusos más allá de las fronteras del país. Para muchos
analistas, el término Russky Mir ejemplifica una política exterior rusa
expansionista y mesiánica, la intersección de los intereses del Estado ruso y
la IOR. El proyecto inicialmente se centró en promover vínculos políticos y
económicos más estrechos con los hablantes de ruso en las ex repúblicas
soviéticas, pero pronto llegó a incorporar una cosmovisión construida en
oposición a Occidente.
Firmemente convencidas de que un papel dominante de
la IOR dentro del mundo ortodoxo permitirá al Patriarcado de Moscú velar mejor
por sus propios intereses y los del Estado, las autoridades rusas están interesadas
en reforzar la posición de la iglesia rusa en la comunidad ortodoxa mundial.
Aunque claramente existe una gran superposición
entre los usos religiosos y políticos del concepto Russky Mir, existen algunas
diferencias. Tal como lo utiliza el Estado, Russky Mir es típicamente una idea
política o cultural. En ambos sentidos, los grupos que trabajan para el
gobierno ruso lo utilizan para fortalecer la estabilidad interna del país,
restaurar el estatus de Rusia como potencia mundial y aumentar su influencia en
los Estados vecinos. Tal como lo utiliza la Iglesia, Russky Mir es un concepto
religioso. Es esencial para revertir la secularización de la sociedad en toda
la antigua Unión Soviética; una tarea que el patriarca Kirill ha denominado la “segunda
cristianización” de la Rus. La IOR se opone a las sociedades construidas sobre
los valores de las “religiones tradicionales” (es decir, el Islam y el cristianismo
católico romano) y las sociedades occidentales sin espíritu (y, aparentemente,
no cristianas) basadas en el liberalismo secular.
En su relación simbiótica, la IOR fusiona
públicamente la misión del Estado ruso bajo el liderazgo del presidente
Vladimir Putin con la misión de la Iglesia, sacralizando la identidad nacional
rusa. El gobierno ruso se apoya en la Iglesia para que le proporcione
legitimidad histórica y cultural, y la iglesia confía en el Kremlin para
respaldar su posición como árbitro moral de la sociedad. Los clérigos conservadores
de la IOR han dado su apoyo a las leyes recientes más polarizadoras del
gobierno, como la llamada ley de propaganda LGBT de 2013, la Ley de Agentes
Extranjeros de 2012, la Ley de Protección de Sentimientos Religiosos de 2013 y
la Ley de Organizaciones Indeseables de 2015, que limitaron gravemente la
libertad de expresión y trabaron a la sociedad civil. Desde las primeras
protestas contra el régimen a gran escala en 2011, el régimen volvió urgente a
describir a los opositores como “una quinta columna traicionera corrompida por
su adopción de actitudes occidentales permisivas y dinero de donantes
extranjeros”. En Mayo de 2016, el líder de la IOR, el patriarca Kirill, ya
había dejado en claro sus sentimientos hacia el concepto protegido
constitucionalmente de los derechos humanos cuando condenó lo que llamó la
“herejía” de algunos derechos humanos. La IOR y el Estado ahora se unen en
violación de la Constitución. El establecimiento de la IOR está asumiendo
gradualmente algunas funciones del Estado, y el brazo de seguridad del Estado
está protegiendo al establecimiento ortodoxo.
Aturdido por las protestas de 2011, principalmente
de clase media, en gran parte prooccidentales, el Kremlin recurrió al corazón
más conservador y xenófobo de Rusia en busca de apoyo. La IOR desempeñó un
papel clave en este movimiento, desempeñando un papel cada vez más importante
en la representación de los intereses de Rusia en el extranjero y justificando
su agenda cada vez más conservadora en casa. Desde 2012, el discurso oficial
enfatiza los “valores tradicionales” y los “vínculos espirituales”,
refiriéndose así a la supuesta existencia de una cultura y un espíritu genuinos
rusos, no contaminados por siglos de “occidentalización y modernización”.
Además, se considera que la ortodoxia es la custodia de los valores y normas
tradicionales de la familia y la organización social que deben ser la base de
la sociedad. Como tal, es parte de una defensa cultural contra el liberalismo y
contra una Unión Europea emasculada, “vasallada” y descristianizada. En Rusia,
el cristianismo ortodoxo disfruta de un renacimiento después de 70 años de
represión comunista. La IOR tiene como objetivo restaurar los valores morales y
culturales y superar los efectos de la modernización en la sociedad rusa
postsoviética. El papel de la IOR es especialmente crucial dado que el poder
cultural y político parecen estar entrelazados en la Rusia moderna.
La diplomacia religiosa permite que un Estado use
ciertos aspectos de los símbolos y mensajes religiosos en los asuntos
internacionales. Sin embargo, se ha prestado poca atención al papel que
desempeña la religión, ya sea como formadora de la política interna rusa o como
medio para comprender las acciones internacionales del presidente Vladimir
Putin. La instrumentalización de la religión con fines políticos tiene una
larga y rica tradición, que se evidencia tanto en la política interior como
exterior de Rusia. Al mismo tiempo, el Estado ruso sigue reivindicando la
continuidad con sus predecesores imperiales, lo que implica una misión
civilizadora en relación con su propia población, así como una reivindicación
del estatus de gran potencia y de un papel destacado en los asuntos mundiales.
En todo el mundo la religión está en aumento. Una
variedad de tendencias, incluidos los cambios demográficos, la urbanización y
la transformación global de la religión, indican que la religión ayudará a dar
forma a la dinámica de las grandes potencias existentes, nuevas y emergentes.
El efecto transformador de la globalización sobre la religión también jugará un
papel clave en la prevalencia del terrorismo global, los conflictos religiosos
y otras amenazas a la seguridad internacional, ya que al fin y al cabo en
sociedades con elevados niveles de pobreza, esos pobres solamente encuentran
esperanza en las religiones, y allí es donde en Occidente (principalmente en la
Europa secularizada) religiones como el Islam radical han venido ganando
adeptos y apartando a estas sociedades de los principio y valores que han
definido al mundo occidental. La globalización también otorga mayor influencia
a las diásporas étnicas y religiosas.
Según el último censo conocido de 2010, los rusos
étnicos representan el 77,7% de los 142,3 millones de habitantes rusos
estimados. La imagen de Rusia en el mundo rara vez se asocia con el Islam y la
identidad islámica, en general. Si bien el cristianismo ortodoxo es la
confesión predominante en el país, no muchos saben que Rusia alberga hasta 20
millones de musulmanes de diversos orígenes étnicos. Los líderes y políticos
rusos enfatizan repetidamente la importancia del Islam como parte integral del
tejido político del Estado, históricamente y en la era contemporánea. El Islam
en Rusia es un tema complejo, transversal y multidimensional y su creciente
importancia en Rusia determinará el futuro del país en al menos cinco
direcciones principales: el equilibrio demográfico general del país; la
estrategia de “normalizar” las regiones del Cáucaso Norte; la política
migratoria de Rusia; el posicionamiento de Rusia en la escena internacional; y
la transformación de la identidad nacional rusa.
El “factor islámico” también sigue siendo parte de
la política exterior de Moscú. Con el fin del sistema global bipolar, el Islam
se ha integrado completamente en la política internacional, mientras que las
fuerzas que operan bajo consignas religiosas se han convertido en actores
políticos internacionales.
Durante la década de 1990, se desarrolló algo
parecido a una estrategia rusa frente al Islam. En resumen, Moscú siguió una
estrategia de mediación sin depositar en ella grandes esperanzas. Rusia
enfatizó en muchas ocasiones su respeto por el Islam, los países musulmanes y
sus líderes, así como la necesidad de promover la reconciliación entre las
diferentes culturas y civilizaciones. Las relaciones entre Moscú y esos países
se basan en la premisa de que Rusia es un país multiconfesional (principalmente
cristiano/musulmán), lo que predetermina su derecho a existir simultáneamente
en dos civilizaciones diferentes.
Los observadores externos suelen considerar que la
gran población musulmana de Rusia es un enorme desafío (o incluso una amenaza)
para el país y su liderazgo. Sin embargo, el presidente Vladimir Putin parece
tener una visión diferente y puede ver no solo desafíos sino también
oportunidades, incluso en la diplomacia de Rusia en el Oriente Medio y en otras
partes del mundo islámico. Ha enfatizado cada vez más los valores morales
compartidos de los rusos y trata de conectar los valores “tradicionales” de
Rusia con los de Oriente Medio, Asia y otras sociedades no occidentales.
Lo más importante para Rusia era encontrar un lugar
para sí misma en el mundo y compensar el empeoramiento de las relaciones con
Occidente mediante una política más activa en otras regiones. Después de que
Vladimir Putin llegara al poder, el vector musulmán de la política de Rusia
aumentó.
Como uno de los polos de un nuevo orden global, la
“civilización ortodoxa” corresponde a los principales objetivos de la política
exterior rusa. La idea de una civilización con el potencial de reconciliar el
cristianismo occidental y el Islam podría dar una nueva dimensión al papel
internacional de Rusia, y la supremacía del Patriarcado de Moscú dentro de la
Iglesia Ortodoxa Universal redundaría en interés común tanto de la Iglesia
Ortodoxa Rusa como del Estado ruso.
Si bien identifica claramente a Rusia como un país
mayoritariamente cristiano, el presidente Vladimir Putin está tratando de
establecer una línea divisoria entre los valores compartidos de los creyentes
en muchas tradiciones religiosas y los del Occidente secular “decadente”, para
convertir los valores occidentales en un lastre en lugar de un activo para los
gobiernos occidentales. Rusia ha desarrollado en los últimos años una nueva
doctrina, según la cual los países musulmanes son los aliados naturales de
Rusia en el enfrentamiento con Occidente. Este enfoque explota el hecho de que
muchos en el Oriente Medio, tanto en el gobierno como en la sociedad, están
realmente perturbados por la invasión de los valores sociales occidentales
liberales que ha acompañado a la globalización. La opinión pública musulmana en
general, sobre todo en el mundo árabe, tiene una visión más bien neutral o en
ocasiones positiva de Rusia, ya que promueve un discurso crítico con la
promoción de la democracia al estilo estadounidense y su consiguiente
injerencia.
Este puede convertirse en el esfuerzo más
significativo de Rusia hasta la fecha para desarrollar una estrategia de poder
blando para combatir la influencia occidental en el Oriente Medio, el Cáucaso,
Asia Central y otras partes del mundo islámico. Un evento que contribuyó al
establecimiento de estas relaciones especiales fue la adhesión de Rusia a la
Organización de la Conferencia Islámica como nación observadora con una minoría
musulmana.
En la reunión del Club Valdai de 2013, el
presidente Vladimir Putin comenzó su discurso señalando que los países deben
hacer todo lo que esté a su alcance para preservar sus propias identidades y
valores, ya que “…sin una autodefinición espiritual, cultural y nacional... uno
no puede tener éxito a nivel mundial”. Los valores conservadores son una carta
importante en manos del presidente Vladimir Putin, quien reconoce que la cooperación
musulmana es una necesidad para sus objetivos de política exterior, incluido el
mantenimiento de relaciones sólidas con Irán, Siria y otros Estados del mundo
musulmán que podrían servir como contrapesos a la expansión del poder
estadounidense.
El uso ruso de la religión y los valores va más
allá. El Kremlin busca difundir una cosmovisión ultraconservadora, basada en la
ideología eurasianista y algunos principios de la Iglesia Ortodoxa. Por lo
tanto, se puede alinear a Putin con otros líderes cada vez más autocráticos que
recurren a algún tipo de agenda religiosa ultraconservadora y tradicionalista
para legitimar sus establecimientos cada vez más antiliberales enfrentados a
Occidente. Para lograr objetivos políticos específicos, Rusia está utilizando
una “contrarrevolución cultural”.
Tal como se practica hoy, la guerra híbrida rusa
puede tener al menos tres objetivos: capturar territorio sin recurrir a la
fuerza militar abierta o convencional; crear un pretexto para una acción
militar abierta y convencional; utilizando medidas híbridas para influir en la
política y las políticas de los países de Occidente y otros lugares. Este
objetivo es actualmente el desafío más apremiante para los gobiernos
occidentales: el Kremlin busca garantizar que los resultados políticos en los
países objetivo sirvan a los intereses nacionales de Rusia. Los más vulnerables
son los países con medidas legales y anticorrupción débiles o donde grupos
nacionales clave comparten los intereses o la visión del mundo de Rusia.
En general, hay una nueva ola de movimientos
anti-derechos humanos en toda Europa que cuestionan los cimientos mismos de las
políticas conservadoras tradicionales construidas sobre un “consenso de
derechos humanos”. Por lo tanto, se está produciendo un cambio profundo en el
sistema político y de valores europeo con algunos países cuestionando el marco
político universal de derechos humanos basado en su excepcionalismo cultural.
Los partidos extremistas populistas presentan uno
de los desafíos más apremiantes para las democracias europeas. Estos partidos
comparten dos características centrales: se oponen ferozmente a la inmigración
y al aumento de la diversidad étnica y cultural; y persiguen una estrategia
populista “anti-establecimiento” que ataca a los partidos mayoritarios y es
ambivalente, si no hostil, hacia la democracia representativa liberal. Dos
cuestiones centrales se encuentran en la raíz del creciente populismo actual:
el desafío de la migración y la persistente crisis del euro. La oleada
populista es en parte una respuesta racional a los aparentes fracasos políticos
de los partidos establecidos.
El auge del populismo en Europa ha proporcionado a
Rusia una amplia oferta de partidos políticos simpatizantes en todo el
continente. Estos partidos, en su mayoría de extrema derecha pero también de
extrema izquierda, están aplicando políticas y adoptando posiciones que hacen
avanzar la agenda de Rusia en Europa. Tienden a ser partidos antisistema,
algunos en los extremos del espectro político, que desafían el orden liberal
dominante en Europa. Su agenda, dependiendo de las condiciones específicas del
país, puede ser antimusulmana, antisemita, antiroma, antigay, antiinmigrante.
La crisis de los refugiados fue un ejemplo perfecto
de esta tendencia. El empeoramiento de las condiciones en Oriente Medio y otras
zonas de África y Asia Central obligó a muchos refugiados a trasladarse a
Europa. Desde que comenzó la crisis de los refugiados, una parte de los medios
europeos mostró a los refugiados iraquíes y sirios como extraños, cuyos valores
y cultura se oponen a los valores y la cultura europeos. En este contexto,
muchos europeos, incluidos los periodistas, generalizaron ampliamente sobre la
enorme cantidad de información sobre los refugiados, inmigrantes musulmanes,
concepciones, opiniones o imágenes demasiado simplificadas y regurgitaron una
narrativa incompleta a la población en general.
La retórica contra la inmigración iba de la mano
cada vez más con otro terrible fenómeno del siglo XXI: la islamofobia. Algunos
comentaristas atribuyen esta sorprendente y repentina ola de sentimiento anti islámico
y odio contra los refugiados al creciente nacionalismo defensivo y a una
sensación de inseguridad en una Europa en la que la estabilidad tradicional
parece estar amenazada. La crisis de los refugiados también activó una buena
cantidad de xenofobia latente, que lleva a protestas contra el Islam, ataques a
los centros de asilo y una gran cantidad de fanfarronadas fanáticas. Algunos
gobiernos de Europa del Este incluso indicaron específicamente que no quieren
acoger a refugiados no cristianos, por supuesto temor a la capacidad de los
musulmanes para integrarse en la sociedad occidental.
Los actores de este cambio profundo en los valores
europeos a menudo encuentran su papel y sus modelos políticos en Rusia, y
algunos actores rusos intentan utilizar este proceso para su propio beneficio.
El presidente ruso simplemente se está aprovechando de los problemas políticos
y económicos de Europa para remover una olla de sentimiento nacionalista que no
es de su creación. En este contexto, la extrema derecha está ganando impulso. A
raíz de la crisis financiera, la opinión pública se volvió decididamente contra
la UE, señalando que el “euroescepticismo” ya no era el nicho de los “locos” en
la periferia política.
La guerra de información de Rusia básicamente
utiliza principios y enfoques de desestimar a los críticos y distorsionar los
hechos, así como distraer y consternar a los adversarios a través de
información falsa. Las formas posmodernas de propaganda y desinformación están
armando la información, la cultura y el dinero para cuestionar los cimientos
mismos de las ideas liberales y los establecimientos liberales occidentales.
El hecho de que Rusia sea uno de los Estados no
liberales más grandes del mundo, con su proximidad cultural a las sociedades
europeas, le otorga capacidades sin igual en estas redes tradicionalistas que
luchan por revertir el desarrollo de los esfuerzos mundiales por los derechos
humanos en el siglo XXI. El impacto ideológico del Kremlin une fuerzas con
otras fuerzas reaccionarias globales dentro de la Iglesia Ortodoxa Rusa, la
Iglesia Católica Romana, diferentes movimientos evangelistas en los Estados
Unidos y miles de ONG tradicionalistas pro-vida, pro-familia y anti-aborto,
para no mencionar la densa red de movimientos de extrema derecha y, también, de
extrema izquierda que se ejecutan en agendas similares o superpuestas. Y como
consecuencia, estamos siendo testigos de grupos iliberales xenófobos,
homofóbicos y, en general, antioccidentales en Europa que encuentran un aliado
en el Kremlin, y en lugar de ser marginados de los paisajes políticos y
culturales europeos, pueden convertirse, y a menudo lo hacen, en aliados de
Rusia en busca de apoyo.
A lo largo de la colección de blancos etnocentristas,
nacionalistas, populistas y neonazis que se ha arraigado a ambos lados del
Atlántico, Rusia y su presidente son vistos como un símbolo de fuerza, pureza
racial y valores cristianos tradicionales en un mundo amenazado por el Islam,
los inmigrantes y élites cosmopolitas desarraigadas. El Kremlin también ha
brindado apoyo financiero y logístico a las fuerzas de extrema derecha en
Occidente.
La difusión de la ideología contraria a los
derechos humanos y no occidental en el extranjero a través del poder blando
tiene tres canales explícitos: primero, la “diplomacia pública”, principalmente
con la ayuda de diversas organizaciones, eventos, foros y conferencias; en
segundo lugar, los medios de comunicación y las redes sociales, que son
esenciales para difundir una ideología iliberal; y tercero, “protección” de la
minoría rusa, o “compatriotas”, en el extranjero, incluido el acceso a
información/educación cultural, ideológica y patriótica adecuada.
Para mantener su influencia en el espacio
postsoviético, el Kremlin ha desarrollado una amplia gama de grupos proxy en
apoyo de sus objetivos de política exterior, que promueve el Mundo Ruso
(Russkiy Mir). Esta es una herramienta flexible que justifica el aumento de las
acciones rusas en el espacio postsoviético y más allá. Los actores prorrusos
socavan la cohesión social de los Estados vecinos a través de la consolidación
de las fuerzas prorrusas y la etnogeopolítica; la denigración de las
identidades nacionales; y la promoción de valores antiestadounidenses, ortodoxos
conservadores y euroasiáticos.
El período posterior a la Guerra Fría fue testigo
de una serie de movimientos secesionistas con información étnica,
predominantemente dentro de los antiguos Estados comunistas. Para diluir y
debilitar la influencia occidental en los países de la antigua Unión Soviética,
Moscú está tratando de socavar la estabilidad a través de diferentes métodos de
guerra híbridos. Las técnicas de poder blando basadas en la atracción cultural,
religiosa y lingüística de Rusia, que han demostrado ser vehículos poderosos
para difundir su influencia ideológica, informativa y psicológica en los países
de la antigua Unión Soviética, también se combinaron amplia y agresivamente con
tácticas políticas duras.
Las características sociopolíticas se manipulan
para enfatizar atractivamente la “separación” de un determinado grupo
demográfico del tejido nacional existente y así “legitimar” su próxima revuelta
dirigida por extranjeros contra las autoridades. Las siguientes son las
vulnerabilidades estructurales sociopolíticas más comunes en relación con la
preparación para la Guerra Híbrida: etnicidad, religión, historia, límites
administrativos, geografía física y disparidad socioeconómica.
Concluyendo
La influencia y los actores rusos han estado
apareciendo en lugares donde los socios occidentales se han retirado o no han
cumplido, Rusia ha intervenido con entusiasmo. Moscú ha encontrado numerosas
oportunidades y también está ocupada explotando las divisiones dentro del campo
occidental. El conjunto de herramientas ruso incluye socavar la gobernabilidad
democrática, avivar las tensiones étnicas y religiosas y construir nuevos
puestos de avanzada para recopilar inteligencia y proyectar poder militar.
El Kremlin entiende que los imperios posmodernos se
crean no solo por medios militares sino también narrativos (valores, historia,
cultura, religión…): la batalla de las ideas. A medio plazo, la contienda por
los corazones y las mentes de los ciudadanos persistirá. Una mayor
transparencia y un compromiso más profundo con los ciudadanos como parte de
organizaciones independientes de la sociedad civil son las únicas formas de
contrarrestar este desafío, unir puntos de vista y ayudar a contrarrestar el
desafío de las divisiones artificiales alimentadas por los actores no estatales
financiados por el Kremlin.
Para contrarrestar las acciones de Rusia también es
vital que los países occidentales inviertan en dos cosas por encima de todo: en
el fortalecimiento de su propia sociedad y en la cooperación internacional.
Esto significa aumentar la tolerancia a las crisis y la resiliencia de la
sociedad, asegurar la disposición y capacidad de acción del liderazgo político
y administrativo del país, actualizar la legislación e invertir en defensa e
inteligencia.
Jonathan Benavides
* Publicado el viernes 11 de Noviembre de 2022 en el diario El Nacional

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