SOBRE
UNA PRETENDIDA COSMOGONÍA ISLÁMICA
¿Qué nos sugiere la historia de las relaciones
entre religión y política?. La historia de las civilizaciones testimonia la
tensión entre las instituciones políticas y religiosas, su rivalidad y ansia de
competición, cuando no de la abierta confrontación, en búsqueda de similares
objetivos: el poder de la cúpula y la dominación y control de la base. Por
ello, en este sentido, es posible afirmar que las instituciones religiosas son
también políticas aunque cuando se ha producido un choque abierto entre lo
político y lo religioso es éste el que, a menudo, ha quedado supeditado al primero.
Curiosamente esto es contrario a lo que suele
opinar la doctrina islámica contemporánea, lo que no nos debe resultar extraño,
dado el papel centrípeto de la religión para ellos, ya que si deseamos
comprender todo lo que ha acaecido en el pasado y lo que esta sucediendo hoy en
el mundo musulmán, hemos de apreciar la universalidad y centralidad del factor
religión en las vidas de los pueblos musulmanes, lo que supone asumir una
concepción del Islam que resalta su carácter de civilización. Una civilización
completa, perfecta, cerrada, que gira en torno al factor religión; el mundo de
afuera es corrupto, degenerado y no hay otro remedio que educar al pueblo para
convencerle de que la libertad estriba precisamente en la religión. Tal y como
lo dejara expresado en su ideario político Sayyid Qutb, la liberación de la
tiranía depende de la atribución de toda la autoridad a Dios; enfoque que
estima que el Islam pierde su significación básica si se le priva de su
dimensión social o de sus connotaciones políticas.
¿Por qué no aceptar el origen humano de la
religión?, pregunta que más de un sociólogo laico de las religiones puede
hacerse en cualquier introducción. Nuestra respuesta podría ser que es
imposible, ya que el Islam no ha sido secularizado, ese es su gran misterio.
Todas las demás religiones se ha suavizado, han consentido la ambigüedad de los
significados, y sabemos que tenemos razón cuando el profesor indio de la
Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Cambridge Akbar
Ahmed nos dice en su obra “Postmodernismo e Islam” que “…para quienes creen en el Islam, la elección estriba en ser musulmán o
ser nada. No hay otra”. De ahí que, un conocido hadiz (dicho) pueda
sostener con inalterable naturalidad que “cada niño tiene una disposición
innata para ser musulmán, pero sus padres pueden hacer de él un judío, un
cristiano o un zoroastra”. Porque con nuestra mentalidad secularizada hemos
sido incapaces de apreciar que, para mucha gente en el mundo, la fe religiosa es
también una identidad primaria; es algo que viene dado, no es una elección.
Dentro de esta visión, la religión suministra
un plan básico en el que se integran todas las actividades de la sociedad,
económicas, sociales, intelectuales. Concepción que conforma toda la vida de la
sociedad y de los individuos del mundo islámico; esto no significa que la
visión o la creencia religiosa determina absolutamente todo el modo de vida,
dado que hay varios aspectos que poseen una relativa autonomía, pero ejerce un
cierto control o presión sobre el conjunto. En cualquier caso, para una
aproximación de esta naturaleza la religión es simultáneamente dimensión
cultural, ideología política, ritual de revitalización.
Todo ello configura una especial y
característica cosmogonía islámica que la singulariza en relación a las demás.
Vemos que en contraste con las otras grandes religiones universales, el Islam,
desde su fundador, era el Estado y la identidad de religión y política se halla
indeleblemente estampada en la memoria y la conciencia de los creyentes,
reflejada en sus escritos sagrados, historia y experiencia. Para los musulmanes,
la religión ha constituido tradicionalmente la base esencial y el foco de la
identidad y lealtad.
¿Implica esta afirmación confundir deseos con
realidades?, apoyos doctrinales no nos faltarían. Desde los que subrayan la
unidad entre religión y Estado, presumiendo el carácter superfluo de todo
intento encaminado a marcar la frontera de la política, hasta los que
paladinamente aseveran que la vida política no es autónoma ya que está sujeta a
las reglas superiores de la fe. De allí que la religión no sea algo separado,
sino más bien algo integral en todo aspecto de la vida: oración, ayuno,
política, derecho, sociedad. Creencia reflejada en el desarrollo del Estado
islámico (el concepto, no el movimiento guerrerista que hoy hace vida en
Oriente Medio) y de la sharia; de donde se puede llegar con facilidad a afirmar
que la política no solo es una parte importante del Islam, sino, en muchos
aspectos, su razón de ser, que es el argumento básico del que se sirven los
modernos fundamentalistas, los que pretenden que la política retorne al Islam.
Tras la muerte de Mahoma, de uno a otro confín del Imperio musulmán se insiste en recordar que, bajo la dirección del Profeta, el Islam cristalizó en Medina simultáneamente como fe y como sistema sociopolítico. Desde Ghazali (1058-1111) a Taymiyya (1263-1328), en el corazón medio-oriental del Imperio, a Muhammad Baqir, muerto en 1637 en el extremo oriental del mismo, en la India islámica mogola, religión y política son consideradas hermanas gemelas. El Estado y la religión deben ser inseparables si se quiere evitar que la discordia y el desorden prevalezcan en los asuntos de los hombres. La historia nos enseña asimismo que, aunque los califas abasíes que (en alianza con el movimiento mutazilí) derrocaron a sus predecesores omeyas, eran tan autocráticos como éstos, tuvieron un buen cuidado de amoldar su forma de gobierno y su política al Islam, cosa que no siempre procuraron los omeyas.
Jonathan Benavides
*Publicado el miércoles 08 de Marzo de 2023 en el portal web “Opinión y Noticias”
https://www.opinionynoticias.

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