Desde el final de la Guerra Fría, los juegos
de poder tradicionales han regresado a las relaciones internacionales, como lo
confirman los acontecimientos y tendencias recientes. A pesar del crecimiento
de la interdependencia entre los Estados, las fronteras no se derrumban y los
actores internacionales continúan persiguiendo sus intereses mediante el uso de
todos los medios necesarios. Paradójicamente, el orden liberal ha fortalecido
algunos principios realistas y ha confirmado el realismo como una teoría práctica
que no necesariamente tiene una visión estatocéntrica y no niega ningún
progreso en la cooperación internacional y el cambio resultante de la
interdependencia. La capacidad de los gobiernos para llevar a cabo políticas
internas con eficacia se ve cada vez más influida por la evolución del sistema
internacional. Además, el retorno de la geopolítica y la política de poder
respaldan el postulado neorrealista según el cual el sistema tiende hacia el
equilibrio de poder entre la hegemonía en declive (EE. UU.) y las potencias en
ascenso (China, Rusia, Alemania, India, Japón, Brasil, etc.), dado que toda
potencia emergente está acostumbrada a buscar la revisión del statu quo. Este
artículo proporciona una explicación empírica del orden (proto)multipolar a la
luz de los supuestos del realismo político en su declinación neoclásica.
Un punto
de partida teórico
El objetivo de este artículo es examinar el
sistema internacional post unipolar a través de la lente de un marco realista
neoclásico. Muchos académicos han estado involucrados durante mucho tiempo en
disputas sobre la validez teórica del “realismo en política exterior”.
En cierto sentido, la cuestión teórica
adquiere un valor relativo porque en casos concretos, los realistas no siempre
dan respuestas definitivas, o respuestas diferentes a las de los idealistas.
Sin embargo, la pregunta teórica sigue siendo importante, como informa Richard
K. Bets (“Realism Is an
Attitude, Not a
Doctrine” (24 de Agosto 2015).
The National Interest,
Septiembre-Octubre 2015), “porque llama la atención sobre la diferencia entre
las preocupaciones morales utilitaristas o consecuencialistas por un lado y los
principios morales absolutos por el otro, por qué los primeros deben tener
prioridad cuando entran en conflicto, y cómo el equilibrio de poder debería
impulsar las decisiones de los Estados”.
Los realistas están de acuerdo en que el poder
es lo que impulsa la política internacional, pero no están de acuerdo sobre
exactamente cuándo y dónde se debe conservar o ejercer. También divergen en la
arquitectura de la distribución internacional del poder (el sistema
internacional) y sus expresiones para preservar mejor la paz y la estabilidad:
multipolaridad (favorecida por la mayoría de los realistas tradicionales),
bipolaridad (Kenneth Waltz y John J. Mearsheimer) o unipolaridad (teoría de la
estabilidad hegemónica). En otras palabras, según Richard K. Bets, “el realismo
puede ser considerado como una actitud más que como una doctrina, dado que el
realismo se basa firmemente en la moral consecuencialista, o una versión
materialista de la ética situacional. Simplemente ve el equilibrio probable de
costos y beneficios en el resultado de un concurso, en lugar de la justicia de
los reclamos de cualquiera de los contendientes, como la base moral adecuada
para la acción. Los realistas se centran más en los resultados que en los
motivos y están más atentos a la frecuencia con que los buenos motivos pueden
producir resultados trágicos.
Por estas razones, el realismo es más que una
teoría estática y amoral, y no puede acomodarse dentro de una interpretación
científica de las Relaciones Internacionales. Es más bien una teoría práctica
que depende de las condiciones políticas e históricas contingentes, y es
juzgada en última instancia por sus estándares éticos y por su relevancia en la
toma de decisiones políticas prudentes (Tal y como lo sugiere Hans Morgenthau
en su artículo de 1962 “The Intellectual and Political Funcions of a Theory of
International Relations”, publicado en Politics in the 20th Century, Vol. I.,
The University of Chicago Press).
El realismo también desempeña un útil papel de
precaución. Sin embargo, cuando se convierte en una suposición dogmática, el
realismo deja de cumplir su función adecuada. El realismo se convierte en una
especie de ideología cuando se queda estancado en un “paradigma” estatocéntrico
y excesivamente simplificado y cuando niega todo progreso en las relaciones
interestatales. Su énfasis en la política de poder y el interés nacional puede
ser mal utilizado para justificar la agresión, y este factor a menudo ha
llevado al realismo a ser suplantado por teorías que toman mejor en cuenta la
cooperación y el panorama cambiante de la política global. A la función
meramente negativa y cautelar, el realismo debe tener en cuenta el rasgo
normativista, propio del positivismo, que se extiende desde la racionalidad y
la prudencia subrayada por los realistas clásicos, hasta la visión del
multilateralismo, del derecho internacional y de una sociedad internacional
subrayada por los liberales y miembros de la Escuela Inglesa, así como al
cosmopolitismo y la solidaridad global propugnada por muchos de los académicos
de hoy.
La mayor contribución de los realistas (y
neorrealistas, especialmente Kenneth Waltz), como lo subraya Robert Keohane, es
la noción de que el sistema internacional da forma al comportamiento estatal y
viceversa (“Neorealism and its critics”, Columbia University Press, 1986). Pero
Waltz no apunta a “nuevas formas de ver” las relaciones internacionales.
Reformula y sistematiza el realismo, desarrollando así el llamado realismo
estructural (“Theory of International Politics”, McGraw-Hill, 1979), en
consonancia con los supuestos fundamentales de sus predecesores clásicos (E.H. Carr,
Hans Morgenthau, Reinhold Niebuhr, etc.).
Una vez realizadas estas necesarias
aclaraciones, la realidad actual (en términos de Maquiavelo) muestra la validez
sustantiva de las cuatro proposiciones centrales a las que tienden a converger
los realistas:
• Grupismo: la política tiene lugar dentro y
entre grupos o, como se ha argumentado recientemente, redes;
• Egoísmo: los individuos y los grupos se
rigen políticamente principalmente por un estrecho interés propio;
• Anarquía: la naturaleza de la política
internacional se caracteriza por la ausencia de un gobierno global. De acuerdo
con la teoría de la transición de poder, la anarquía deja de ser un principio
ordenador cuando una nación alcanza el poder hegemónico y luego es desafiada
por una gran potencia. Esto conduce a una guerra que, en el pasado, ha creado
una transición entre los dos poderes.
• Políticas de poder: la intersección del
grupismo y el egoísmo en un ambiente de anarquía hace que las Relaciones Internacionales,
sean en gran medida una política de poder y seguridad. De todos modos, cada uno
de los tres principales enfoques de las RRII para el estudio de los procesos de
cambio a largo plazo: el realismo estructural, el enfoque de la economía
mundial y la teoría del ciclo largo ha subrayado el papel del liderazgo global
(o hegemonía), destacando los vínculos entre las posiciones de las grandes
potencias, las grandes guerras y la economía.
Además, la acumulación de nuevas e importantes
investigaciones realizadas por académicos que trabajan dentro de la tradición
realista (Dale Copeland, “The Origins of Major War”, 2000; Jason Davidson, “The Origin of Revisionist and Status-Quo
State”, 2006; Steven Lobell, “The Challenge of Hegemony: Grand Strategy, Trade,
and Domestic Politics”, 2003; Norrin Ripsman, “Peacemaking by Democracies: The
Efect of State Autonomy on the Post-World War Setlements”, 2002; Randall Schweller,
“The Progressiveness of neoclassical realism”, 2003 y “Unanswered Threats:
Political Constraints on the Balance of Power”, 2006; Jeffrey W. Taliaferro,
“Security seeking under anarchy: defensive realism revisited”, 2001 y
“Balancing Risks: Great Power Intervenion in the Periphery”, 2004) ha hecho del
realismo una teoría pragmática que no tiene necesariamente una visión estatocéntrica
y no niega ningún progreso en la cooperación internacional y el cambio
resultante de la interdependencia en un mundo globalizado.
El sistema
internacional post unipolar: una revisión selectiva de la literatura
Desde los años inmediatamente posteriores al
colapso de la Unión Soviética y el fin del sistema bipolar, mucho se ha escrito
y dicho sobre la transformación del sistema internacional. En un artículo sobre
Seguridad Internacional, Christopher Layne previó el surgimiento inevitable de
nuevas grandes potencias: en un mundo tan multipolar, Estados Unidos seguiría
una política de independencia estratégica asumiendo la postura de un
“equilibrador offshore” (“The Unipolar Illusion: Why new great powers will rise
international security”, 1993).
Durante estos años, cuando Estados Unidos
disfrutaba de su “momento unipolar”, la política internacional (como se la
había entendido habitualmente) parecía haberse eclipsado. Si bien la mayoría de
los comentaristas de la época argumentaron que la alternativa a la unipolaridad
no era un mundo mulipolar estable y estático sino el caos, Layne apoyó la idea
de cambiar los medios para lograr que EE.UU. alcanzara el objetivo estratégico
y geopolítico primordial (garantizar que una potencia hegemónica no domine
Eurasia): en lugar de asumir la responsabilidad principal de contener el
surgimiento de una potencia hegemónica, Estados Unidos debería confiar en los
equilibrios de poder globales y regionales para lograr ese objetivo. Esta
independencia estratégica, apoyada por Layne, difiere de la variante de
compromiso selectivo del equilibrio en el extranjero planteada por John
Mearsheimer y Stephen van Evera, según la cual Estados Unidos sería relativamente
indiferente a los acontecimientos del Tercer Mundo pero permanecería
militarmente comprometido en Europa y el noreste de Asia para preservar la estabilidad.
Según Mearsheimer y van Evera, la independencia estratégica sería una
estrategia de cobertura que comprometería militarmente a los Estados Unidos sí,
pero solo si, otros Estados no lograran equilibrarse de manera efectiva contra
una hegemonía euroasiática en ascenso. También Samuel Huntington, unos años más
tarde (“The Lonely Superpower”,
en Foreing Affairs 78, 1999), argumentó que no hemos entrado en un
mundo unipolar sino en un “sistema uni-multipolar” con una superpotencia y
varias potencias principales. En tal sistema, como enfatiza Hunington, Estados
Unidos claramente preferiría un sistema unipolar en el que sería la potencia
hegemónica y, a menudo, actuaría como si tal sistema existiera. Las principales
potencias, por otro lado, preferirían un sistema multipolar en el que pudieran
perseguir sus intereses, unilateral y colectivamente, sin estar sujetos a
restricciones, coerción y presión por parte de la superpotencia más fuerte. Se
sienten amenazados por lo que ven como la búsqueda estadounidense de la
hegemonía global. Los funcionarios estadounidenses se sienten frustrados por no
haber logrado esa hegemonía. Ninguno de los principales detentadores del poder
en los asuntos mundiales está contento con el statu quo.
Mientras tanto, el mundo comenzó a centrarse
más en la liberalización y globalización de la economía mundial, la expansión
de la democracia y las amenazas que plantean los actores no estatales. A pesar
de que los dilemas de seguridad que solían estar en el centro de las relaciones
entre los Estados parecían perder atractivo, los conflictos en todo el mundo no
cesaron y la carrera armamentista no terminó. En retrospectiva, está claro que
ciertos miembros del sistema siempre han anhelado más poder para rectificar los
errores percibidos y restaurar un orden al que se sienten con derecho.
Después del 11 de Septiembre y la resultante
“guerra global contra el terror”, los equilibrios internacionales han cambiado
gradualmente. El orden internacional centrado en Occidente ha experimentado una
restauración del poder mundial ruso, un rápido ascenso de China al estatus de
actor mundial y el surgimiento de otras potencias emergentes (Alemania, Japón,
India, Brasil y otras potencias intermedias como Turquía, Irán , Arabia Saudí,
Sudáfrica) que exigen un cambio tanto de la estructura global como de las
instituciones financieras internacionales dominadas por las potencias
occidentales (FMI, Banco Mundial), donde se sienten infrarrepresentadas.
Sin embargo, no todas las potencias emergentes
son revisionistas peligrosos, y el revisionismo no siempre es peligroso. Hay
cuatro dimensiones en el revisionismo que, en conjunto, determinan hasta qué
punto el poder revisionista representa una peligrosa amenaza para los poderes
establecidos:
1) el alcance de los fines del Estado
revisionista;
2) la determinación y la propensión al riesgo
del Estado revisionista para lograr sus fines;
3) la naturaleza de sus objetivos
revisionistas (¿busca cambios en las normas internacionales, o en el
territorio, o en el prestigio?);
4) los medios que emplea para promover sus
objetivos revisionistas (ya sean pacíficos o violentos).
En el enfoque realista, los medios violentos
utilizados por el poder revisionista para subvertir el statu quo conducen a la
guerra hegemónica. De acuerdo con la teoría de Robert Gilpin (“War and Change
in World Politics”, 1981) y la enmienda de John Ikenberry (“The Illusion of
Geopolitics: The Enduring Power of the Liberal Order”, 2001), las guerras
hegemónicas terminan con el surgimiento de un poder abrumadoramente dominante
que es capaz y está dispuesto a transformar el sistema. En otras palabras, se
espera que la nueva hegemonía revise el sistema (convirtiéndose en un Estado
revisionista), construyendo su propia visión del orden sobre un paisaje internacional
borrado de sus instituciones anteriores.
Los cambios tectónicos recientes (la llamada
Primavera Árabe, la crisis económica, la guerra civil siria, el conflicto en
Ucrania, la grieta del Golfo Pérsico) muestran las pautas y la dinámica de los
cambios que tienen lugar a lo largo de las fallas de fricción entre las potencias
regionales en ascenso y las poderosas potencias mundiales.
El renacimiento de la geopolítica, si bien
este paradigma no está del todo aceptado en la literatura, ha sido considerado
como la refutación definitiva de “El fin de la historia y el último hombre” de Francis
Fukuyama. Walter Russell Mead refuta la idea hegeliana (retomada por Fukuyama)
de una historia progresiva que tiende ontológicamente a un fin. El propio Hegel
subrayó que, aunque el Estado revolucionario había triunfado definitivamente
sobre los regímenes de viejo tipo, la competencia y el conflicto continuarían.
Predijo que habría disturbios en las
provincias, incluso cuando el corazón de la civilización europea se trasladara
a una época poshistórica. Dado que las provincias de Hegel incluían China,
India, Japón y Rusia, no debería sorprender que más de dos siglos después, los
disturbios no hayan cesado. Vivimos en el crepúsculo de la historia y no en su
final real. Una visión hegeliana del proceso histórico actual mantendría que
muy poco ha cambiado desde principios del siglo XIX. Para ser poderosos, los Estados
deben desarrollar las ideas e instituciones que les permitan aprovechar las
fuerzas titánicas del capitalismo industrial e informacional. No hay
alternativa; las sociedades que no pueden o no quieren adoptar esta ruta
terminarán siendo sujetos de la historia en lugar de sus creadores.
El orden mundial contemporáneo puede parecer
paradójico. Por un lado, desde el año 2000 hemos asistido a una dinámica
constante de desarrollo social y económico, probablemente la redistribución del
poder económico más rápida y profunda de la historia; no hay una gran escasez
de recursos que pueda conducir a conflictos a gran escala y un cambio violento
del orden existente. Por otro lado, existen varias potencias cuyas relaciones
políticas y políticas de seguridad pueden sacudir y derrocar el orden mundial.
En otras palabras, tres décadas después del final de la Guerra Fría, las
disputas territoriales históricas están resurgiendo a medida que la política
sigue a la geopolítica. El regreso de la geopolítica presagia un duro camino
para la cooperación internacional, que siempre ha dependido de la convergencia
de los intereses de las grandes potencias.
¿Hacia un
mundo multipolar regionalizado, inestable y asimétrico?
La década que siguió al colapso de la Unión
Soviética y la reunificación de Alemania marcó el comienzo de un período de
gran prosperidad. Es un orden basado en la superestructura de una red de
alianzas, instituciones, acuerdos geopolíticos, Estados clientes y asociaciones
democráticas liderada por Estados Unidos, donde Estados Unidos actuó como un
“imperio por invitación”. Este orden hegemónico globalista se basa en la
capacidad de los EE.UU. para ejercer la soberanía extraterritorial a través de
la supremacía militar y el alcance global. Al mismo tiempo, EE.UU. ocupó una
posición en el centro de la política mundial a través del apalancamiento del
sistema financiero global, alianzas regionales complejas y poder social
cultural, que John Agnew (“Globalization and Sovereignty”, 2009) definió como
el “régimen de soberanía globalista”, donde varios actores internacionales y
globales, las normas sobre derechos humanos, política económica y monetaria, y
comportamiento gubernamental (en gran parte concebidas y promovidas por los
EE.UU.) se han extendido a la práctica política y judicial de otros Estados.
Según el análisis de George Friedman (“A Net
Assessment of the World”, 2015), dos resultados geopolíticos derivan de este
orden hegemónico globalista. Por un lado, la Unión Europea expandió su
influencia tanto hacia el este en la antigua esfera soviética como hacia el
sur, incorporando Estados dispares cuyas diferencias quedaron temporalmente
ocultas por el período próspero. Por otro lado, tras el fin del milagro
económico japonés, China se convirtió en el país global de bajos salarios y
alto crecimiento, y ha estado liderando una carga para crear instituciones
paralelas, a las que Estados Unidos se resiste, revelando una fisura
potencialmente peligrosa en la economía internacional. La primera indicación de
una desestabilización global se remonta al 11 de Septiembre de 2001. Los
límites de la superpotencia estadounidense no fueron visibles hasta más tarde
en la década de 2000. En ese momento ocurrieron otros dos hechos
significativos. El primero fue el resurgimiento de Rusia como potencia regional
cuando intervino contra Georgia en 2008, y luego como actor global con su
renovado interés en el Medio Oriente (especialmente Siria, Egipto y el Golfo
Pérsico), en el Ártico, en el espacio postsoviético (el conflicto de Ucrania, la
intervención en Kazajistán, entre otros), en África y en América Latina. El
otro fue, por supuesto, la crisis financiera que condujo al retorno del
“patriotismo económico”, una terminología novedosa que ofrece una lente
analítica para estudiar cómo los responsables políticos buscan resolver la
tensión entre economías y territorialidad política en una variedad de
escenarios económicos políticos. Pone de relieve la reconfiguración del espacio
político económico que implica la interdependencia de los mercados y los
regímenes de gobernanza económica multinivel.
En este marco, los países BRICS, una
asociación de cinco importantes economías nacionales emergentes (Brasil, Rusia,
India, China, Sudáfrica), se reinventaron como un club diplomático para las
potencias regionales en ascenso para desafiar el dominio occidental de las
instituciones económicas globales, tanto que algunos académicos se preguntan si
los BRICS están construyendo un “concierto de poderes no occidentales” que se
centra en sus prioridades en lugar de las de Washington o Bruselas. Se sabe que
los conciertos involucran una profunda cooperación internacional entre las
principales potencias, pero están separados de las alianzas y no reducen las
políticas de poder competitivas. Están destinados a operar en paralelo al orden
liderado por Estados Unidos establecido en Breton Woods en 1944, creando, o
apoyando, otras instituciones alternativas a las lideradas por Occidente.
Paradójicamente, los países BRICS se han beneficiado de su participación en las
instituciones económicas occidentales. Sin embargo, están dispuestos a
desarrollar su propia capacidad para satisfacer sus necesidades de desarrollo,
que a menudo ven como desatendidas o afectadas negativamente por las políticas
de los países avanzados.
Todos los elementos mencionados muestran
claramente la evidencia de una lenta pero progresiva redistribución del poder.
Entre otros factores que explican esta redistribución internacional del poder
se encuentran los procesos conocidos como “nuevo regionalismo” y “regionalización”.
El regionalismo contrasta con la regionalización, que es, según el Nuevo
Enfoque del Regionalismo, la expresión del aumento de las transacciones
comerciales y humanas en una región geográfica definida. El regionalismo se
refiere a un proceso político intencional, generalmente dirigido por gobiernos
con objetivos y valores similares en la búsqueda del desarrollo general dentro
de una región. La regionalización, sin embargo, es simplemente la tendencia
natural a formar regiones, o el proceso de formación de regiones debido a las
similitudes entre Estados en un espacio geográfico determinado. Las principales
potencias del sistema pueden aprovechar la oportunidad de explotar la
cooperación regional (y los conflictos) en su propio beneficio y comprometerse
en el equilibrio en el extranjero precisamente de la forma en que lo predeciría
la teoría neorrealista. Además, la regionalización convierte al emergente orden
post westfaliano en un sistema caracterizado por una pluralidad de subórdenes
fundamentalmente contradictorios que coexisten en paralelo.
Los acontecimientos recientes permiten una
conexión teórica entre el proceso de regionalización (especialmente con fines
económicos) y la geopolítica clásica. Los dos acuerdos de comercio e inversión
de alto estándar propuestos por EE. UU. (Transatlanic Trade and Investment
Partnership TTIP y Trans-Pacific Partnership TPP) excluirían, respectivamente,
a Rusia y China de dos grandes áreas de libre comercio dominadas por la
economía estadounidense en general. Tal sistema cosificaría la suposición
neorrealista según la cual la (supuesta) potencia hegemónica en declive (EE.UU.)
necesita evitar que el surgimiento de un rival (China), o un bloque de
potencias antagónicas (China y Rusia), pueda expulsar su propia hegemonía de la
isla-mundo (Eurasia). Esta idea tiene raíces comunes en la geopolítica clásica
elaborada por Halford J. Mackinder y por el teórico realista Nicholas J.
Spykman.
Tras el estancamiento en la implementación de
TPP y TTIP, el único proyecto existente de integración macrorregional, centrado
en el apalancamiento económico y de infraestructura, es la “Iniciativa One Belt
and One Road” (OBOR) liderada por China, una estrategia propuesta por el
gobierno chino que se centra en la conectividad y la cooperación entre los
países de Eurasia (especialmente China), el “Cinturón Económico de la Ruta de la
Seda” (SREB) terrestre y la “Ruta Marítima de la Seda” (MSR) oceánica. La
estrategia subraya el impulso de China para asumir un papel más importante en
los asuntos globales con una red comercial centrada en Beijing. La principal
institución financiera creada para respaldar estos proyectos de infraestructura
es el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), que también tiene
como objetivo desafiar a las instituciones financieras centradas en Occidente.
El civismo económico chino, que subyace a una especie de asertividad
estratégica a través del expansionismo económico, ha llevado a EE.UU. a adoptar
una agenda más proteccionista. De hecho, luego de la elección de Donald Trump
como presidente de los Estados Unidos, Washington inició una política de
aumento de tarifas a las importaciones de China, lo que provocó una acción de
represalia de Beijing. En la visión de Trump, el intercambio bilateral estaba
excesivamente desequilibrado a favor de China: EE.UU. quiere que China importe
más productos estadounidenses y que deje de obligar a las empresas estadounidenses
a entregar su preciada propiedad intelectual si quieren hacer negocios en
China. Estos eventos desencadenaron un vigoroso debate sobre la inminente
guerra comercial entre EE.UU. y China.
La combinación de estos factores y
desplazamientos puede definir la situación actual, descrita por Robert Kaplan
como resultado de “La Venganza de la Geografía” (2012) para retratar una suerte
de retorno del determinismo geográfico en la proyección geopolítica de los
nacientes poderes. No es la primera vez que la geopolítica clásica ha
encontrado una nueva apreciación como dispositivo para interpretar los
acontecimientos contemporáneos en la política mundial.
Observaciones
finales
El regreso de la Realpolitik y el surgimiento
de la economía global como plataforma para la competencia presentan riesgos que
amenazan con cambiar la dinámica del comercio global, la integración y el
desarrollo, el sistema internacional basado en reglas y el clima de negocios.
La interacción de los factores descritos
permite una explicación integral del sistema internacional actual a la luz del
paradigma realista, aunque la mayoría de los Estados confían menos en el poder
militar y más en los medios económicos para promover sus intereses y aumentar
su poder relativo. El realismo no rechaza el poder económico como un factor
principal para calificar un Estado, así como para entender cómo se distribuye
el poder. A pesar de sus limitaciones, hay mucho más en el sistema de lo que está
contenido en la teoría neorrealista, como lo demuestra claramente el análisis
de la política exterior de los principales países, y esto es importante no solo
para un análisis empírico preciso sino también para el desarrollo de una teoría
exitosa.
Una teoría general de las Relaciones Internacionales
requiere una teoría de la acción estatal. El realismo pretende proporcionar tal
teoría, como informan Michael Mastanduno, David Lake y John Ikenberry (“Toward
a Realist Theory of State Action”, 1989). El realismo sigue siendo efectivo en
sustancia incluso si el Estado fuera reemplazado por otras entidades
subnacionales (ONG, corporaciones) o supranacionales, considerando que la
validez de las cuatro proposiciones realistas centrales no se verían
sustancialmente afectadas. Además, como se afirma en “Structural Realism” de Kenneth
Waltz (2000) al referirse a la naturaleza de los regímenes políticos, la
estructura de la política internacional no se transforma por cambios internos a
los Estados. Desde un punto de vista estructuralista, cada actor en el
escenario internacional, incluso los actores no estatales, actúa de acuerdo con
las cuatro proposiciones realistas y tiende a perseguir sus propios intereses
(en términos de una interpretación utilitaria), para aumentar su poder
relativo, y para asegurar su supervivencia (en términos de seguridad).
Un enfoque realista también debería enfatizar la perspectiva multidimensional de la acción estatal, así como su posibilidad de utilizar tanto el poder blando como el poder duro o el poder inteligente (ver a Susan Nossel, “Smart Power” en Foreing Affairs 83, 2004 y Joseph Nye, “Get Smart: Combining Hard and Sot Power”, Foreing Affairs, 2009), que es una combinación inteligente de ambos. Según Chester Crocker (“Leashing the Dogs of War: Conlict Management in a Divided World”, 2007), el poder inteligente “implica el uso estratégico de la diplomacia, la persuasión, el desarrollo de capacidades y la proyección de poder e influencia de manera rentable y con legitimidad política y social”, esencialmente el compromiso de la fuerza militar, los medios económicos y todas las formas de diplomacia. Finalmente, podemos concluir, como argumenta Timofei Bordachev (“The Era of Power Diplomacy”, 2014), que la fase actual del cambio internacional, a la luz de esta combinación de vectores políticos de acción estatal, podría definirse como “la era de la diplomacia del poder”: un ciclo de inestabilidad controlada, regionalización centrípeta y multipolarismo asimétrico.
Jonathan Benavides
*Publicado el miércoles 15 de Febrero de 2023
en el portal web “Opinión y Noticias”

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